Otra historia más de nuestra sanidad pública. Y no, no hablo solo de listas de espera eternas, de consultas saturadas o de meses perdidos para terminar saliendo exactamente igual que se entró. Hablo del deterioro humano. Del desprecio. De la arrogancia. De esa sensación cada vez más extendida de que el paciente ha dejado de ser una persona para convertirse en una molestia administrativa.
Acudí con mi mujer a una consulta de traumatología después de meses esperando cita. Y ya antes de abrir la boca, el escenario decía mucho. La silla del acompañante colocada detrás de ella y mirando a la pared, como si uno fuese un estorbo al que hay que apartar visualmente. Un detalle pequeño, dirán algunos. No lo es. Las formas nunca son pequeñas. Las formas revelan exactamente cómo te consideran.
La consulta empezó como empiezan demasiadas hoy en día: preguntas dirigidas, respuestas prefabricadas y conclusiones decididas antes de escuchar al paciente. "¿Le duele?", preguntaba la médica, sin dejar prácticamente tiempo para responder antes de rematar con un "¿ve?". Mi mujer, pese a la edad, conserva intactas sus capacidades mentales y sabe perfectamente explicar lo que siente. El problema es que allí no parecía interesar escucharla, sino despachar cuanto antes.
Tras varios minutos oyendo que la artrosis "es así" y que la única solución futura será una prótesis cuando ya no pueda más, planteé algo elemental: si una infiltración pagada de forma privada le había mejorado notablemente una rodilla, ¿por qué no intentar lo mismo en la otra?
La respuesta fue un ejercicio perfecto de burocracia clínica disfrazada de criterio médico. Le preguntó a mi mujer si el dolor era intenso. Ella respondió que era más limitación que dolor. "Entonces la infiltración no procede".
Caso cerrado. Siguiente.
Después comenté algo que conozco por experiencia propia: yo también padezco artrosis y un traumatólogo me recomendó hace años ejercicio, caminar y correr. Gracias a eso llevo años prácticamente sin dolor. La respuesta fue que caminar y correr no son recomendables.
Entonces hice la pregunta que, al parecer, no debía hacerse:"¿Entonces qué queda? ¿Resignarse por ser mayor?" y como todos puede comprender y comprobar, ninguna enfermedad debe ser invalidante solo por la edad, siempre hay formas de mejorar la calidad de vida sin menospreciar la inteligencia de nadie: tenga la edad que tenga.
Y ahí apareció lo peor de todo: no la falta de soluciones, sino la soberbia. Directamente me dijo que podía expulsar al acompañante por hablar en nombre de mi mujer. Como si un marido de casi medio siglo fuese un intruso. Como si acompañar, apoyar o intervenir educadamente fuera una agresión intolerable. Me sonaba a ideología de género clarísimo. Invade hasta la sanidad.
Le respondí que estaba allí junto a la persona con la que llevo conviviendo 48 años y que no me iba a tratar como un sospechoso ni como un enemigo. No levanté la voz. No falté al respeto. Pero en determinadas consultas, hoy en día, discrepar mínimamente del discurso oficial parece convertirse automáticamente en un delito de lesa autoridad sanitaria.
Mi mujer, que me conoce bien, me pidió que la dejara continuar sola porque veía perfectamente el nivel de tensión y de desprecio que se estaba generando. Me marché antes de perder definitivamente la paciencia. A los pocos minutos salió ella con una única resolución: revisión en septiembre y ningún tratamiento.
Eso sí, la doctora negó haber insinuado que, a ciertas edades, la artrosis poco menos que es una condena inevitable que hay que soportar. Ese es otro de los grandes males actuales: dicen una cosa delante del paciente y, cuando se les cuestiona, inmediatamente reculan o reinterpretan sus propias palabras.
Cada vez más ciudadanos sienten lo mismo: la sanidad pública no solo pierde eficacia; pierde humanidad. Y cuando un sistema pierde humanidad, empieza a pudrirse desde dentro.
Muchos profesionales siguen siendo extraordinarios, vocacionales y dignos de admiración. Pero también existe una parte creciente instalada en la superioridad moral, en el corporativismo y en una alarmante falta de empatía. Médicos que actúan como si el paciente tuviera que agradecer ser recibido, aunque lleve meses esperando. Como si pagar impuestos durante toda una vida no otorgara ni siquiera el derecho a ser escuchado con respeto.
Y mientras tanto, el ciudadano soporta listas interminables, consultas de minutos y diagnósticos exprés. Si protesta, es conflictivo. Si pregunta, molesta. Si discrepa, casi parece un delincuente.
La sanidad pública se está convirtiendo peligrosamente en una maquinaria donde muchos profesionales excelentes sostienen con esfuerzo un sistema cada vez más burocratizado, más frío y más deshumanizado.
Los que trabajamos décadas atrás sabíamos algo muy simple: nuestro deber era resolver problemas, no quitarnos al ciudadano de encima. Había responsabilidad profesional, pero también orgullo personal. Se intentaba ayudar. Se intentaba solucionar. Incluso fuera de horario, si era necesario.
Hoy demasiadas veces la respuesta es: "Vuelva otro día".
Y lo peor no es la espera.
Lo peor es salir sintiéndote un estorbo.
Uno debe aprender que los tiempos no son los de antes, la palabra dada no existe: por eso pido a todos los pacientes y acompañantes mayores que no se dejen avasallar. La edad no convierte a nadie en un gilipollas obligado a soportar estupideces ni actitudes infantiles de ciertas niñatas baratas.
Y, si se produce una situación injusta o irrespetuosa, grabadla. Hoy en día, muchas veces intentan negar lo que tus ojos han visto y tus oídos han escuchado, con un descaro increíble.
Uno piensa que, por ser doctora, una persona tendrá claro su código deontológico, pero no siempre es así. Como suele decirse, hay de todo como en botica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario