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lunes, 11 de mayo de 2026

DEJAR DE SER UN PAIS DE JÉSICAS.

 

Dejar de ser un país de Jésicas

Los episodios de enchufes transmiten la idea de que el esfuerzo no basta, que las reglas son para quien carece de padrinos y que la competencia consiste en saber arrimarse bien: a quién, cuándo y cómo

Asistimos al caso Mascarillas como a un episodio de degradación moral, de impudicia privada expuesta en el escaparate público: un episodio más de 'colocaciones'. Una palabra que siempre me ha parecido demasiado blanda para lo que describe, porque colocar a alguien no es ayudarle, sino quitarle el puesto a otro que lo merecía más o, simplemente, antes. Es convertir la Administración en una prolongación del capricho arbitrario de quien la gestiona temporalmente. Y, sobre todo, es decirnos a los ciudadanos que estudiamos, nos esforzamos y esperamos –en ese movimiento incesante que es la legítima aspiración de mejorar– que en realidad nunca hubo prelación, sino atajos; y que esos atajos, además de estarte vedados, los pagas tú, contribuyente ingenuo, que creíste que tu arrojo te llevaría a alguna parte.

Lo que confirmamos en sede judicial (previamente noticiado por valientes periodistas) no es solo un relato personal más o menos sórdido, sino el retrato de un funcionamiento podrido. La declaración de Jésica Rodríguez (reconociendo haber cobrado de dos empresas públicas sin trabajar) ha ido acompañada de la aparición de un entramado de favores que retratan auténticos ministerios de amiguetes, levantados sobre solicitudes tramitadas por WhatsApp. Y la pregunta, inevitable: cuántos casos más no conoceremos. Cuántos han ocupado puestos que otros merecían más: hermanos que aterrizan en instituciones provinciales con puestos a medida; novios pilotos colocados en una compañía recientemente rescatada por decisión del Consejo de Ministros del que se forma parte; esposas que acceden a redes, convocan reuniones u obtienen financiación con el respaldo que les concede el nuevo código postal de la unidad familiar; exjefes de Gabinete premiados con la presidencia de empresas públicas; exministros recolocados a la cabeza de entes que deberían fiscalizar el gobierno del que provienen; multitud de perfiles políticos al frente de direcciones generales de organismos técnicos.

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