Nos ha pasado varias veces. La más evidente fue con el coronavirus, y ahora vuelve a ocurrir con el hantavirus. Nadie sabe cómo actuar, no solo en España, sino en todo el mundo. La cobardía invade los centros de control político y, con ello, se extiende el pavor general.
No nos damos cuenta de que en ese barco van personas: podríamos ser cualquiera de nosotros, nuestros hijos. Ante una situación así, deberían salir expertos y políticos cogiendo el toro por los cuernos. Les pondré un ejemplo: tras la caída accidental de cuatro bombas termonucleares (que no estallaron) en Palomares (Almería, España) en 1966, después del choque de dos aviones estadounidenses, el ministro español Manuel Fraga y el embajador de EE UU Angier Biddle Duke se bañaron ante las cámaras de RTVE para demostrar que no había peligro radiactivo. Ese es el ejemplo de un dirigente político. Más allá del simbolismo, aquel gesto reflejaba una voluntad clara de asumir responsabilidades y dar la cara.
Para que la gente de Canarias se quedase tranquila, los políticos deberían comportarse como hizo Fraga. Yo nunca voté a ese señor, pero tenía más bemoles que todo este Gobierno en pleno.
Allí deberían estar recibiendo ese barco y a los españoles que están en él, e incluso ayudar a los demás en lo que necesiten.
Los canarios sufren a diario la llegada constante a sus costas, fruto del efecto llamada y de una acogida de inmigrantes sin control. Pero cuando se decide permitir atracar y hospitalizar a quienes están contagiados, los políticos y su presidente deberían estar ahí, como hizo Fraga. Pero no: son tan cobardes como para aferrarse al poder a pesar de saber que el pueblo está votando una y otra vez otras opciones políticas.
En democracia, deberían abrir paso al pueblo soberano, pero no; su cobardía es superior. Quieren impedir que el pueblo elija libremente a quién desea.
Si alguno sigue creyendo que el sanchismo nos llevará a buen puerto, está delirando. Han dado muestras de mentir hasta la saciedad por ese afán de poder desmesurado.
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