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sábado, 11 de abril de 2026

ASTURIAS NUNCA SERÁ LO QUE FUE.

 Una vida dedicada a defender a los trabajadores y a la estabilidad económica de la región. Asturias jamás volverá a ser lo que fue cuando la minería, la industria y los sectores asociados la situaban entre las comunidades con mayor bienestar. Basta con mirar atrás y comparar: hoy ya no luchamos por liderar, sino por no caer en los últimos puestos en pobreza y resignación.

Durante décadas, esta tierra fue ejemplo de un sindicalismo real. Un sindicalismo que no se escribía en despachos, sino en pozos, fábricas y calles. Gracias a él, miles de familias vivieron con dignidad, con salarios justos y con el respeto que se ganó una generación de trabajadores. Familias que cenaban juntas, que soñaban con un futuro para sus hijos, que sabían que su esfuerzo tenía recompensa. Una generación que dejó su vida -y su salud- bajo tierra para que otros pudieran vivir con respeto y justicia.

Pero el tiempo, el desgaste y el final anunciado de aquel modelo también hicieron mella. Algunos dirigentes sindicales se desviaron del camino, presuntamente atraídos por prácticas que hoy, por desgracia, ya no sorprenden a nadie. Y ahí empezó una grieta: cuando la corrupción entra, la dignidad colectiva se resiente.

El cierre de la minería no fue solo una decisión económica: fue el fin de una forma de vida. Se nos habló de modernidad, de transición ecológica, de futuro. Se prometió reindustrialización, empleo alternativo, nuevas oportunidades. Hoy, años después, el balance es otro: menos industria, menos población y más incertidumbre.

Sí, las Cuencas están más limpias. Ya no hay polvo en el aire ni carbón en las calles. Pero también hay más silencio, más persianas bajadas y más jóvenes haciendo las maletas. El paisaje ha mejorado; la vida de muchos, no.

Y, mientras tanto, el discurso oficial insiste en el progreso. Un progreso que, para demasiados asturianos, se traduce en precariedad o en la obligación de marcharse. El futuro parece reducirse a dos opciones: turismo y servicios, sostenidos en parte por quienes vienen de fuera, mientras nuestros hijos buscan oportunidades lejos de aquí.

No se trata de justificar a nadie. Quien haya cometido irregularidades que responda ante la justicia. Pero sí conviene señalar algo que rara vez se dice en voz alta: en Asturias somos especialmente duros con los nuestros.

Señalamos, criticamos y condenamos con rapidez lo que ocurre aquí. Pero, al mismo tiempo, guardamos un silencio llamativo ante decisiones, políticas y casos que, desde fuera, han tenido -y tienen- un impacto mucho mayor en nuestro empobrecimiento.

Esa doble vara de medir nos debilita. Porque, mientras nos desgastamos juzgando a los de casa, apenas alzamos la voz frente a quienes han contribuido de forma más decisiva a desmantelar nuestro tejido productivo.

Y, así, entre la nostalgia, la resignación y el silencio selectivo, Asturias sigue perdiendo terreno.

Asturias no cayó de golpe. Asturias se fue apagando poco a poco, mientras nos convencían de que aquello era progreso.

Pero conviene no engañarse: el final de la minería no se decidió en las Cuencas. Se decidió lejos. Muy lejos. Se envolvió en discursos de modernidad, transición ecológica y futuro sostenible. Sonaba bien. Demasiado bien. La realidad fue otra: cierre, desmantelamiento y promesas incumplidas. Se habló de reindustrialización, de alternativas, de nuevos sectores. Hoy, el balance es evidente: menos industria, menos población y menos oportunidades.

Sí, ahora hay aire limpio. Calles limpias. Ríos limpios. Pero también hay pueblos vacíos, negocios cerrados y generaciones enteras que han tenido que marcharse. Cambiamos humo por silencio. Y no todo el mundo salió ganando.

El nuevo modelo es frágil y dependiente: turismo, servicios y empleos precarios. Un sistema que no fija población ni construye futuro. Mientras tanto, nuestros jóvenes hacen las maletas y otros ocupan los huecos que deja una tierra que envejece.

Y, en medio de todo esto, hay algo que dice mucho de nosotros: la facilidad con la que disparamos hacia dentro.

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