Asturias no es solo un paisaje bonito. No es solo ese verde que se enseña en los folletos ni ese aire limpio que atrae a quien viene de fuera. Asturias es casa. Es la familia cerca, el vecino que saluda, el bar de siempre, la sensación de pertenecer a un sitio sin tener que explicarlo.
Por eso empieza a doler algo que antes parecía impensable: que cada vez cueste más vivir aquí siendo de aquí.
No hace falta mirar estadísticas. Basta con escuchar. Jóvenes que no encuentran vivienda, parejas que no pueden independizarse, gente que trabaja y aun así no llega. Alquilar se ha convertido en una carrera imposible; comprar, en un sueño lejano. Y mientras tanto, el entorno se revaloriza, se vende, se convierte en destino. Lo que para unos es oportunidad, para otros empieza a ser despedida.
Porque sí, Asturias gusta. Y eso es bueno. Pero cuando no se protege a quienes ya están, ese atractivo se vuelve en contra. Nuestros hijos no se marchan por falta de cariño a su tierra. Se marchan porque aquí no pueden construir una vida con dignidad. Y eso no es progreso. Eso es renuncia.
La sanidad, que siempre fue motivo de orgullo, también se va apagando poco a poco. No de golpe, no con titulares, sino en el día a día: esperas más largas, respuestas que tardan, la sensación de que algo ya no funciona igual. Y uno empieza a asumirlo, como si fuera normal. Pero no lo es.
Y en medio de todo, se habla mucho y se escucha poco. Se habla de modernidad, de apertura, de derechos -y todo eso importa-, pero se deja en segundo plano lo más básico: poder vivir en tu tierra sin sentir que estorbas. Poder trabajar sin que eso sea sinónimo de sobrevivir. Poder enfermar sin miedo a quedarte esperando.
También se simplifican debates que son complejos. Se repite que hay trabajos que los de aquí no quieren hacer, pero casi nunca se dice por qué: sueldos que no compensan y vidas que no se sostienen. Y así, en lugar de arreglar lo que falla, se tapa.
Mientras tanto, algo más silencioso se va perdiendo: el nosotros. Asturias siempre fue comunidad, apoyo, cercanía. Pero cuando vivir aquí se vuelve difícil, cada uno empieza a mirar por lo suyo. No por egoísmo, sino por necesidad. Y ahí es donde se rompe algo importante.
No se trata de cerrar puertas ni de rechazar a nadie. Se trata de no abrirlas olvidando a quienes ya están dentro. De no convertir nuestra casa en un lugar donde acabemos sintiéndonos invitados.
Porque un día te das cuenta de que los tuyos están lejos, de que el pueblo ya no es lo que era, de que vivir aquí es más complicado que marcharse. Y entonces aparece esa sensación tan nuestra, tan difícil de explicar: la morriña... pero sin haberte ido.
Asturias no se pierde de golpe. Se va quedando vacía por dentro.
Y cuando queramos darnos cuenta, puede que ya no estemos defendiendo un futuro.
Estaremos intentando recuperar lo que dejamos marchar.
Estamos vendiendo Asturias.
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