Entradas populares

sábado, 14 de marzo de 2026

UNA SOCIEDAD AUTOSUICIDA.

 Una sociedad que deja de defender el derecho a la vida -el derecho mismo a nacer- comienza a resquebrajarse desde sus cimientos.

El aborto libre hasta la semana 14, sin los supuestos reconocidos por casi todos, como -peligro para la madre, presunción de malformaciones físicas o psíquicas en el feto o embarazo producto de una violación (con denuncia previa)- presentado como un "derecho a decidir" sobre un cuerpo en formación, diferente al de la no madre, y con derecho inalienable a nacer si viviéramos en una sociedad que protegiera la vida -un ser humano que, en su máxima fragilidad, exige el derecho a nacer y es desechado por quien debería protegerlo- y la eutanasia a la carta, vendida como un supuesto avance, no son conquistas. Son síntomas de una renuncia profunda: la renuncia a proteger la vida cuando es frágil, incómoda o dependiente. Es apostar por los claudicación, por la muerte cuando alguien nos molesta.

Cuando la vida se vuelve negociable, todo lo demás pierde valor. La ley deja de ser un escudo y se convierte en un permiso. El derecho a vivir deja de ser un derecho y pasa a ser una concesión.

No son la pobreza ni la política lo que derrumba civilizaciones. Es la indiferencia ante los más débiles: los que dependen de otros, los que no pueden hablar, los que son vulnerables hasta el final. Llamar "progreso" a lo que antes se llamaba tragedia es el primer paso hacia la decadencia.

El derecho a nacer es el primer derecho de todos. Cuando se abandona, todo lo demás se tambalea. Defender la vida más frágil no es cuestión de ideología, sino de humanidad. Quien olvida esto olvida lo que significa ser verdaderamente humano.

Cuando una sociedad deja de proteger a las criaturas humanas en formación -las más frágiles de todas- acaba convirtiendo la vida en algo negociable. Y cuando la vida se negocia, todo lo demás termina perdiendo valor.

Si el derecho a nacer deja de ser sagrado, las leyes ya no protegen la vida: simplemente regulan su final. Si el derecho a la vida deja de ser el primero de todos, el resto de derechos pierde sus cimientos. El primer derecho de todos es el derecho a vivir. Cuando ese cimiento se resquebraja, todo el edificio moral de una sociedad comienza a derrumbarse.

Toda civilización se mide por cómo protege la vida más vulnerable. Cuando deja de hacerlo, ya ha comenzado su decadencia. Las sociedades no se deshumanizan de golpe; empiezan llamando "progreso" a lo que antes se llamaba tragedia. La historia demuestra que las sociedades no caen primero por la economía o la política, sino cuando dejan de reconocer el valor de la vida humana.

Esas feministas que deciden que un ser en gestación no merece nacer porque "es su cuerpo", y sin pestañear apoyan la eutanasia. Son los mismos que marchan contra la guerra y lloran por niños y ancianos muertos en conflictos donde tiranos niegan hasta los derechos más básicos a las mujeres. Su discurso sobre la vida es selectivo: defienden a unos y "destruyen" a otros. Proteger a ninguno, solo así mismas.

No podemos permitir que quienes no respetan la vida de los demás regulen nuestros derechos fundamentales, hagan leyes y dirijan nuestra convivencia. Así de simple y duro.

No hay comentarios: