Aunque la mayor parte de los accidentes laborales se deben a infartos, a derrames cerebrales o a accidentes de tráfico, el número de accidentes mortales alcanzaron en julio los 351. A pesar de que en los ejercicios anteriores la evolución de los accidentes laborales marcó el paso, hoy la siniestralidad laboral ha vuelto a crecer. Sea lo que sea que arrojen las estadísticas, más o menos accidentes, uno solo, mortal o no, ya es demasiado.
¿Y qué decir de las 19 personas que han fallecido en nuestra región asturiana, sumando ya en lo que va de año dos más que en todo el año 2024? Las dos últimas muertes han tenido lugar en la mina subterránea de Cangas del Narcea. Y aunque nos explican, sindicatos incluidos, que lo ocurrido en esta última no sea similar a los otros porque, precisamente, hubo una inspección en la parte que se derrumbó, la fatalidad no existe. Estos accidentes y estas muertes se deben a la avaricia de las empresas en su afán de ganar dinero.
Estos accidentes no son puntuales ni esporádicos, están relacionados directamente con el ritmo de la explotación impuesto a la clase trabajadora por las empresas para ser competitivas a costa de nuestra salud e incluso nuestra vida. Las razones de tales catástrofes son un secreto a voces: saltarse las leyes o decretos votados respecto a la seguridad cuando estos impiden el incremento de la productividad.
Si en las grandes empresas en las que la presencia sindical es importante dichas empresas no se las pueden saltar así como así, aunque también esto ocurra digan lo que digan, estas recurren a subcontratas en las que las condiciones laborales son pésimas, convirtiendo así los contratos con tales subcontratas en simple externalización en donde las reglas se las saltan a la torera.
El trabajo en sí mismo sigue siendo una obligación para la mayoría de los asalariados. No solo impone restricciones horarias, sino también físicas y mentales, que someten al cuerpo y a la mente a severas exigencias. Nada extraño, pues, que cuanto más se acumulan las horas de trabajo el factor riesgo se incremente. Sin hablar de las horas extra no contabilizadas y la introducción de la noción de tiempo efectivo trabajado.
Todo esto contribuye -sin hablar del "ejército de reserva industrial", como Marx llamaba a los parados- a aumentar la presión de los que tienen la "suerte" de tener un trabajo. Esta presión va siempre en la misma dirección: exprimir a los y las trabajadoras para obtener más eficiencia en la productividad individual. Y, cuando un accidente se produce en estas condiciones, la culpa la tienen siempre las víctimas, jamás la empresa.
La filosofía de la patronal es conocida desde el principio de la Revolución Industrial: "Mientras puedas vivir y trabajar para nosotros, todo va bien; si mueres haciéndolo, para nosotros todo seguirá yendo bien, siempre encontraremos alguien para remplazarte".
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