Hay casualidades que parecen causalidades. Decía una novela que terminé recientemente que estar ciegos con respecto a los encuentros de las casualidades que acontecen en nuestro día a día priva a la vida de la dimensión de la belleza. Lejos de calificar de bella la muerte de un anciano de 93 años, golpista o no, lo cierto es que las casualidades históricas remueven algo dentro de aquel que sabe apreciarlas.
El nexo casual entre las dos noticias estrella del día es claro: el mismo día que salen a la luz los documentos hasta ahora secretos del intento de golpe de Estado de 1981, fallece el autor material de dicho golpe. Tejero ha muerto a los 93 años y 324 días, o, lo que es lo mismo, con 34.269 amaneceres (y entre ellos, muchos ocasos) a sus espaldas. De haber muerto antes de la fecha del golpe, Tejero no sería el autor de este, como es lógico. Por lo tanto, para conocer la probabilidad del bello encuentro entre estos dos sucesos, solo tomaremos en cuenta el tiempo transcurrido desde aquel 23 de febrero, es decir, 16.427 días. Ambos sucesos podrían haber ocurrido aleatoriamente en cualquiera de esos días y, sin embargo, el relato histórico los ha hecho coincidir en una misma fecha.
Puede, no obstante, que nos hayamos precipitado y que todo lo anterior no sea una casualidad, sino una mera causalidad. Cabe aquí plantearse si no puede ser esto un bello relato literario propio de un microrrelato extravagante. La historia sería así: el viejo golpista, postrado en su cama, ve en la televisión de su hospital la noticia de que han salido a la luz los documentos que narran lo acontecido en su intento fracasado de hazaña heroica. Las nuevas causan en el convaleciente un recuerdo cuyo impacto es tal que su corazón, hastiado de tanta lucha y años de cárcel, decide que este ha sido el golpe de gracia. Todo habría sido así una reacción causal del cuerpo, y no un capricho casual del destino. En cualquier caso, sea literaria o históricamente, una casualidad que tiñe de belleza algo tan cruel y cotidiano como la muerte. Y es que, decía aquella novela, no es posible echarle en cara al artículo que esté fascinado por los secretos encuentros de las casualidades.
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