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sábado, 10 de enero de 2026

VIVIMOS ENTRE LOCOS

 Un colegio de Siero, no importa cuál, ha adoptado una decisión que, se mire por donde se mire, resulta profundamente equivocada: prohibir a los niños jugar al fútbol en el patio. La medida cuenta con el aval de la Inspección educativa del Principado de Asturias y con el respaldo del Consejo Escolar.

Los argumentos oficiales son los habituales: falta de espacios, conflictos entre el alumnado y una supuesta mejora de la convivencia, la seguridad y la inclusión, todo ello orientado -según afirman- a favorecer la igualdad. Podrían sentarlos a todos a ver una película de dibujos animados y, así, el patio sería un lugar idílico para su pensar.

Sin embargo, esta decisión no surge del sentido común ni de la pedagogía, sino de la imposición de una ideología concreta: el feminismo institucional, que lleva años impregnando las políticas educativas bajo una concepción errónea y profundamente injusta de la igualdad. No se trata aquí de igualdad de oportunidades, sino de igualación forzada de resultados, aunque ello suponga eliminar aquello que funciona y castigar lo que destaca.

Se señala al fútbol como problema por ser el "deporte rey" y por su mayor presencia masculina, ignorando deliberadamente una realidad evidente: cada vez más niñas juegan al fútbol, lo hacen por gusto y por mérito propio, no por imposición. El problema no es el deporte ni el sexo de quien lo practica, sino una ideología que necesita ver discriminación incluso donde no la hay.

La igualdad real y justa consiste únicamente en tener las mismas oportunidades y los mismos derechos ante la ley. Todo lo que vaya más allá de eso -forzar equilibrios artificiales, eliminar la competencia, penalizar la excelencia- es injusto para los mejores y empobrecedor para la sociedad en su conjunto.

Lo que se está haciendo no es elevar a quienes tienen más dificultades, sino recortar las alas a quienes vuelan más alto, para que nadie destaque, para que nadie sobresalga, para que todos queden al mismo nivel, aunque ese nivel sea mediocre. Esta no es una política inclusiva: es una política de resignación colectiva.

Si queremos formar hombres y mujeres capaces, responsables y valiosos, debemos premiar el mérito, el esfuerzo y la superación, no ocultarlos ni castigarlos. La frustración no es un enemigo a erradicar, sino una parte esencial del aprendizaje y del crecimiento personal. Proteger en exceso a los niños hoy es condenarlos mañana a ser adultos frágiles, inseguros y poco preparados para la vida real.

Este mismo enfoque se observa en el ámbito académico: nunca se vieron tantos sobresalientes y notables como ahora. Se inflan las calificaciones para evitar comparaciones, no vaya a ser que algún alumno o su mamá se sientan inferiores al ver destacar a otro más inteligente o más trabajador. Así, el mérito pierde valor, el esfuerzo se diluye y la excelencia deja de ser un objetivo.

El fútbol -como cualquier deporte- no es solo un juego. Es educación en valores: fomenta la colectividad, el compañerismo, la disciplina, la competitividad sana y el deseo de mejorar. Incluso el menos habilidoso aprende, progresa y se fortalece. Privar a los niños de esta experiencia en nombre de una falsa igualdad ideológica es un error grave.

La verdadera injusticia no es que alguien destaque, sino impedir que lo haga. Y una sociedad que castiga a sus mejores termina empobreciéndose a sí misma.

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