Me pregunto por qué los meteorólogos actuales -de todas las cadenas y medios-, a pesar de disponer de tecnologías avanzadas, satélites y complejos modelos informáticos para analizar los fenómenos atmosféricos, fallan con tanta frecuencia en sus pronósticos. Resulta llamativo que, sin contar con estos medios, Mariano Medina lograra transmitir previsiones que muchos recuerdan como más certeras o, al menos, más sensatas.
Puede parecer una exageración, pero incluso un paisano de nuestros abuelos, con la simple observación del cielo, los animales o el viento, era capaz de intuir lluvia, nieve, frío o calor con una lógica que hoy se echa en falta. Frente a ello, se nos presentan previsiones cargadas de alarmismo que, en demasiadas ocasiones, no se cumplen. Cuando la situación es evidente, aciertan hasta las ranas o la marmota "Phil"; el problema surge cuando se anuncian catástrofes que luego quedan en nada.
No se trata de desacreditar a profesionales que intentan informarnos con varios días de antelación. Es evidente que existen demasiadas variables imposibles de controlar para predecir el tiempo con exactitud a siete días vista. Precisamente por eso resulta incomprensible el tono exagerado de muchos mensajes: grandes nevadas a nivel del mar, frío polar excepcional, advertencias de no salir de casa y anuncios de cabalgatas pasadas por nieve... Todo ello, en la mayoría de los casos, no llega a producirse.
Recuerdo cómo Miguel Ángel Revilla se quejaba de que a Cantabria siempre la trataban mal en las previsiones, anunciando un tiempo peor del que finalmente hacía. Esa sensación es compartida por muchas regiones del norte, donde el clima es variable pero raramente extremo. El resultado es claro: se pierde credibilidad.
Lo más grave es que este alarmismo convive con errores inaceptables en situaciones realmente críticas, como ocurrió con la dana de Valencia. Cuando hay avisos claros y contundentes, no basta con predecir: hay que prevenir, coordinar y estar preparados para auxiliar. Si no se actuó como era debido, alguien debería asumir responsabilidades, porque en ese caso el problema ya no es la previsión, sino la gestión.
Convertir lo normal en extraordinario tampoco ayuda. En invierno hace frío; en verano, calor. Y salvo excepciones, Asturias disfruta de un clima sin grandes extremismos. No todo merece una alerta ni un titular sensacionalista. Cuando no se tiene certeza, conviene informar con prudencia y explicar la incertidumbre.
Antes, los refranes resumían siglos de observación y, sin grandes aspavientos, solían acertar:
"Cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo".
"Marzo ventoso y abril lluvioso hacen a mayo florido y hermoso".
"Cuando el cielo está de lana, si no llueve hoy, lloverá mañana".
Quizá el mejor consejo siga siendo el de siempre: al mal tiempo, buena cara, y a la información meteorológica, rigor, mesura y responsabilidad.
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