La conversación entre Feijóo y Mazón no revela nada nuevo.
Confirma lo que todos sabíamos: quienes deberían asumir responsabilidades no están a la altura.
Pero eso no sirve de excusa. Ni de cortina de humo. Ni de atenuante para nadie.
Repetirla una y otra vez solo busca tapar la responsabilidad del Gobierno central ante una tragedia anunciada.
Feijóo y Mazón quedan en mal lugar, sí.
Pero Sánchez y su Ejecutivo no pueden irse de rositas.
Reparten competencias a cambio de poder.
Pero el Gobierno central tiene todas las herramientas para actuar. Todas.
Esta tragedia no se previó.
No se previno.
No se auxilió a tiempo.
Se podría haber mitigado si se hubiera declarado el estado de emergencia o de alarma cuando era necesario.
La vida de la gente estaba en juego.
Y la inacción costó vidas que podían haberse salvado.
Nada justifica esto.
Nada justifica el reparto de culpas después, diluyendo responsabilidades para que nadie responda.
La falta de previsión, liderazgo y decisión es intolerable.
Sus consecuencias no son políticas: son humanas.
Gobernar significa actuar a tiempo.
Cuando no se hace, la gente paga el precio.
Y, en este caso, el precio ha sido demasiado alto.
Todos vimos la catástrofe.
Vimos gente pidiendo auxilio, agua y socorro.
Llegaron primero los voluntarios y la prensa que quienes deberían haber estado allí desde días antes: previendo, previniendo y auxiliando.
Aquí fallaron todos los responsables.
Cuando se reparten cargos por colores, amiguismo o cuotas... todo puede salir peor.
Y, además, vergonzosamente, verlos rehusar la responsabilidad: cobardes además de ineptos.
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