Lo que ocurre en el Centro Médico de Colloto no es una anécdota ni un caso aislado. Es el reflejo de una sanidad pública degradada, mal gestionada y sostenida sobre el desprecio al paciente.
Mi mujer llamó repetidas veces el jueves 8 de enero. Yo hice lo mismo después. Incontables llamadas sin respuesta. Una situación insostenible e inadmisible. Actualmente, hay hasta dos operadores. Antes había uno solo y podía con todo. En cualquier empresa normal, que la persona asignada a atender el teléfono no lo coja sería motivo de sanción. Aquí, en cambio, se ha normalizado como si fuera algo aceptable.
Ante la falta de respuesta, acudí personalmente al centro. En la primera conversación, el operario me faltó al respeto. Con un tono chulesco me dijo que "circulara", ya que había dos personas detrás esperando, como si eso justificara no haber atendido el teléfono con anterioridad. Esperé a que quedara solo. Corrigió mínimamente las formas, pero no el fondo: su visión de su trabajo es profundamente errónea.
Afirmaba que estaba "trabajando". Le respondí que su trabajo es atender a los pacientes. Su respuesta fue reveladora: dijo que trabaja para el SESPA, no para los pacientes. Es decir, el ciudadano deja de ser el centro del sistema. Le pregunté si el problema era la falta de personal; respondió que no, que ese problema se lo trasladara a los médicos. Entonces, ¿quién atiende el teléfono? ¿Quién asume la responsabilidad?
Insistía en que no podía atender llamadas mientras atendía presencialmente. Le pregunté qué ocurre cuando quien llama es una persona mayor y esta sola, su respuesta fue un insulto: que llamara al 112. Con ese criterio, cerremos el centro médico y saturemos urgencias. Hablamos de atención sanitaria de relativa urgencia, financiada por todos. Esto no es una molestia: es negligencia.
Y la indignación no termina ahí. Si, con suerte, alguien descuelga el teléfono, el paciente debe explicar su problema a una persona que no es médico ni enfermera. Esa información se transmite al médico de cabecera, que llamará días después si considera -desde la distancia- que el caso no es urgente. Solicitar una cita presencial provoca exactamente lo mismo: esperas de tres a seis días. Y si protestas, te dicen que acudas sin cita y "esperes un hueco", como si te estuvieran haciendo un favor. Es humillante.
Quienes vivimos una sanidad donde se atendía el mismo día o al día siguiente, donde existía prevención y seguimiento de crónicos, sabemos que llegar tarde a una consulta puede matar. Literalmente. Sin embargo, nuestros políticos miran hacia otro lado. Ellos no sufren estas esperas: a ellos los atienden de inmediato.
Para rematar el desastre, las huelgas siguen alargando listas de espera interminables. Especialistas que tardan meses en ver a un paciente. Pruebas como colonoscopias o resonancias que se demoran durante el mismo tiempo. Si un sistema público no cumple su función básica -atender a tiempo-, no sirve. Está podrido desde dentro.
La discusión vivida, totalmente fuera de lugar por parte del operario, refleja una mentalidad extendida: empleados públicos con empleo fijo, bien pagados con dinero público, que actúan como si fueran dueños de una empresa en descomposición y no servidores del ciudadano.
Mientras hablaba, un señor se acercó para apoyarme. Le había ocurrido lo mismo días antes y quiso comprobarlo: sentado de frente y viendo al operario, llamó por teléfono y comprobó in situ cómo nadie atendía la llamada. Dos mujeres aportaron testimonios prácticamente idénticos. No es un caso puntual. Es un patrón.
O empezamos a denunciar estas situaciones con firmeza, o nos quedaremos sin sanidad pública real. La pagamos entre todos, pero solo funcionará para unos pocos privilegiados. Ya el acudir al médico nos parece un molestar. Hasta aquí llegamos. Si todos fueran sinceros y exigieran sus derechos dirían lo mismo.
Recordar a los médicos y enfermeras de antaño duele, porque evidencia hasta qué punto hoy el paciente ha dejado de importar cuando debería ser el eje principal de este armatoste público.
Es real. Es vivido.
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