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sábado, 15 de octubre de 2016

TRAS LA INVESTIDURA LLAGARÁ EL MOMENTO DE PODEMOS.




Pablo Iglesias con Íñigo Errejón
                                               Pablo Iglesias con Íñigo Errejón
Tras la investidura llegará el momento de Podemos. 
En las condiciones en las que está el PSOE, la gestión de la política de oposición se antoja muy difícil. Lo cual tenderá a conferir a Podemos el protagonismo de esa oposición: la incógnita está en saber si el partido que dirige Pablo Iglesias estará a la altura de tal tarea.
Es prácticamente imposible que el 'no' a Rajoy triunfe en el Comité Federal del PSOE. Porque los mismos miembros de ese órgano que hace dos semanas votaron por mayoría echar a Pedro Sánchez secundarán la propuesta de abstención. Queda por saber cuántos de los que entonces apoyaron al secretario general cambiarán ahora de bando. No puede haber otro tipo de sorpresa. Los socialistas saldrán de la reunión divididos y muy enfrentados y así seguirán en el futuro previsible. En esas condiciones, la gestión de la política de oposición se antoja muy difícil y estará marcada por la debilidad orgánica y operativa. Lo cual tenderá a conferir a Podemos el protagonismo de esa oposición. La incógnita está en saber si el partido que dirige Pablo Iglesias estará a la altura de tal tarea.
Hoy por hoy no hay nadie ni nada que pueda unificar las dos corrientes que existen en el interior del PSOE. Una que mira al pasado, que cree que las políticas de centro-izquierda y de cerrazón frente a los nacionalismos aplicadas durante décadas son las únicas que pueden frenar la caída electoral de los últimos años. Y, sin propuestas muy claras al respecto, otra que cree que hay que cambiar de orientación, que hay que escorarse a la izquierda para recuperar una parte del voto que les ha arrancado Podemos y que en ese camino hasta puede que haya que abrirse a acuerdos tácticos con los independentistas.
A esa disyuntiva se añaden las muchas heridas aún abiertas de pasados enfrentamientos, las enemistades irreconciliables sin cuento, los deseos de renovación interna, las ansias por acabar con los poderes fácticos del partido, los intereses localistas y regionalistas de todo tipo y, sobre todo, las enormes dosis de intolerancia hacia el rival que se producen en las organizaciones en declive. Sólo un nuevo liderazgo incontestable y basado en un proyecto ilusionante y creíble podría modificar ese estado de enfrentamiento interno sin cuartel que, además, viene de muy lejos. Y nada de eso aparece como posible en el PSOE ni hoy ni en el medio plazo en el que puede jugarse la suerte definitiva del partido.
Para un partido en esas condiciones, la oposición es un reto que seguramente ahondará la división interna. Si la hipótesis más probable es que una parte del grupo parlamentario rompa la disciplina, no se abstenga y vote 'no' en la investidura de Rajoy, es previsible –si no seguro– que esos diputados, y quién sabe si alguno más, rechacen un entendimiento del PSOE con el PP en el próximo debate presupuestario.
A la derecha no le importarán tales desgarros, le bastará con que una parte del PSOE secunde sus propuestas. Al menos en las cuestiones corrientes, aunque decisivas, como el presupuesto o las otras muchas pendientes de similar porte. Tal vez no tanto cuando lo que haya que afrontar es el extraordinario conflicto del Estado central con Cataluña. Ahí las voces discordantes con la ortodoxia del nacionalismo español pueden tener más peso.
Pero la división, además de amenazar con una ruptura definitiva, puede ser paralizante para el PSOE. La mayor parte de crónica de ese desastre está aún por escribirse. Falta el capítulo del futuro congreso socialista, del que habría de salir la nueva dirección y puede que hasta la escisión de los que no se sientan representados por ella. Y también el resultado de las próximas elecciones. ¿Quién o qué puede disuadir al PP de disolver las cámaras cuando haya obtenido sus objetivos inmediatos en las actuales y vea al PSOE abocado a un desastre electoral? ¿A partir de la vuelta del próximo verano, por ejemplo?
En esa perspectiva, Podemos aparece como una referencia que hasta ahora no ha sido. En el último mes sus posibilidades de convertirse en el protagonista de la oposición a la derecha han crecido en una medida que nadie podía prever tras el chasco de los resultados electorales del 26-J. Su objetivo fundacional de acabar con el bipartidismo que ha dominado la escena política española de los últimos 40 años parece más próximo que nunca, al menos en lo que se refiere a una de las dos partes de esa fórmula. ¿Sabrá Podemos gestionar ese éxito imprevisto o naufragará en la inmensidad de la tarea que le puede caer en las manos casi sin proponérselo?
Surgen todo tipo de dudas a la hora de responder a esa pregunta. Algunas son las mismas que se plantearon cuando hace unos meses se comprobó que las urnas habían defraudado sus expectativas electorales. Dudas sobre la eficacia del pacto con Izquierda Unida y el sesgo ideológico que este implicaba. Dudas sobre la solvencia de su programa, sobre la consistencia de sus proyectos políticos de transformación de la sociedad. Dudas sobre la preparación y la experiencia políticas de sus dirigentes. Dudas, en fin, sobre la capacidad de Podemos para ofrecer una propuesta de futuro y de no ser únicamente un instrumento para el rechazo del presente y del pasado.
En los últimos tiempos, dos capítulos se han añadido a esa lista. Uno es el de la consistencia del partido Podemos, suscitado por las desavenencias internas que se han registrado en el mismo. Esa dinámica parece haberse frenado. La crisis del PSOE y la aparición en el horizonte de nuevas posibilidades de actuación han debido contribuir mucho a eso. Lo que queda por saber es si el debate interno abierto va a contribuir a que Podemos avance en la solución de sus problemas y carencias o si se va a limitar a dilucidar una lucha por el poder, que existe y que no se limita a la querella entre sus dos principales dirigentes.
La otra es la posición de ese partido en lo que algunos llaman la cuestión territorial y otros el modelo futuro del Estado español. Hasta ahora Podemos ha resuelto el asunto afirmando sin mayores matizaciones, que son imprescindibles, que España es un estado plurinacional y expresando su apoyo al derecho a decidir de los ciudadanos de las nacionalidades históricas. Está claro que eso podía bastar para juntar al partido con las confluencias catalana, vasca, gallega y valenciana en un mismo proyecto electoral. Pero ahora hay que dar algún paso más si se quiere ser una referencia política general. Aunque eso plantee serios problemas de entendimiento con las citadas confluencias, cuya vocación de ir por su cuenta es cada vez más clara.
Contrariamente a lo que se pensaba hace muy poco, ante Podemos se abre la oportunidad de dar un salto adelante. En el Parlamento y en la sociedad, en contacto con lo que de protesta bulle en la misma. Sus insuficiencias actuales y el previsible redoblamiento de los ataques y del ninguneo por parte de los que se oponen a cambio y de sus instrumentos mediáticos pueden frustrarla. No se pueden hacer pronósticos sobre cómo terminará la película.
SI QUE ES CIERTO, QUE LLEGARÁ LA HORA DE PODEMOS CON EL NUEVO GOBIERNO Y SUPONGO QUE HAGAN UNA OPOSICÓN CONSTRUCTIVA.

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