La justicia no es un relato emocional ni una herramienta ideológica. Es un sistema de garantías cuyo pilar básico es la presunción de inocencia y el derecho efectivo a la defensa. Cuando esos principios se relativizan, no se avanza: se retrocede hacia la arbitrariedad.
Un delito grave debe denunciarse cuando ocurre. Hacerlo meses, años o décadas después invalida el proceso. No por falta de sensibilidad hacia las víctimas, sino por una razón elemental: el tiempo destruye la posibilidad de defensa. Las pruebas desaparecen, los testigos mueren o recuerdan de forma fragmentaria, los contextos se desdibujan. La justicia no puede operar en condiciones de asimetría total.
Por eso existen los plazos de prescripción. No para proteger culpables, sino para evitar condenas sin garantías. Convertirlos en un obstáculo moralmente sospechoso es no entender -o querer destruir- el derecho penal. Sin defensa posible, no hay justicia; solo castigo.
Durante décadas, en el mundo del espectáculo, existió una realidad conocida y documentada que hoy se pretende borrar interesadamente: el acoso sistemático de fans hacia artistas de éxito. Cantantes y actores eran perseguidos hasta las habitaciones de hotel, abordados en pasillos, acosados físicamente, increpados con propuestas sexuales explícitas, con peticiones de matrimonio o incluso de tener un hijo suyo. No eran episodios aislados: era un fenómeno constante. Se les lanzaba ropa íntima al escenario, se invadía su espacio personal y se normalizaba una presión que hoy, aplicada a la inversa, sería calificada sin matices como acoso.
Ninguno de esos hechos fue denunciado entonces. No porque no existieran, sino porque formaban parte de una dinámica social tolerada, incómoda y real. Reescribir ahora ese contexto décadas después, seleccionando únicamente lo que conviene al relato actual, no es justicia: es manipulación retrospectiva.
Aceptar denuncias tardías como norma abre una caja de Pandora peligrosa. No porque todas sean falsas, sino porque introducen una duda jurídica objetiva imposible de neutralizar. El silencio prolongado no puede ser neutro en términos legales. Permitir que cualquier relación pasada pueda reinterpretarse penalmente décadas después habilita el resentimiento, la venganza y el aprovechamiento interesado. Eso no protege a las víctimas reales; las diluye entre oportunistas.
La presunción de inocencia no es negociable ni depende del clima social. Sustituirla por consignas como "yo te creo" no es empatía: es militancia punitiva. Una acusación no es una prueba. Un testimonio tardío no es una sentencia. La emoción no sustituye al proceso judicial. Invertir la carga de la prueba -que el acusado tenga que demostrar su inocencia- es propio de regímenes autoritarios, no de democracias maduras.
Los casos mediáticos lo ilustran con crudeza. Figuras como Plácido Domingo o ahora Julio Iglesias han sido sometidas a condena social sin condena judicial. Basta una acusación tardía, amplificada por medios y respaldada por intereses políticos, para destruir una reputación construida durante décadas. El juicio ya no se celebra en los tribunales, sino en titulares.
No se trata de defender a nadie en concreto ni de negar la existencia de abusos. Se trata de algo más serio: defender el sistema que impide que cualquiera pueda ser condenado sin pruebas ni defensa. Si todo vale siempre, nada es delito con sentido jurídico. La justicia no puede funcionar como una máquina del tiempo al servicio del castigo moral.
La consecuencia de esta deriva es devastadora: la ruptura de la confianza social. Cuando cualquier interacción pasada puede convertirse en una acusación futura, la convivencia se degrada. Se judicializa la vida privada, se criminaliza el error humano y desaparecen el perdón y la reconciliación. Solo queda la denuncia retrospectiva como arma.
Defender límites temporales claros, la presunción de inocencia y el derecho a la defensa no es defender abusadores. Es defender el Estado de derecho, la razón y la convivencia.
La justicia no puede juzgar con retrovisor. Cuando lo hace, deja de ser justicia y se convierte en demolición.
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