lunes, 12 de octubre de 2026

LA NUEVA TORRE DE BABEL,

 Este es posiblemente el tema más complejo al que nos vamos a enfrentar en los próximos años. Sé que es un tema delicado, porque cuestiona movimientos sociales actuales que, bajo apariencia de progreso, pueden derivar en un reduccionismo antropológico inmovilista.

Trataré de explicarme. Desde la segunda mitad del siglo XX hemos asistido a una recuperación de las raíces culturales, algo positivo en sí mismo, que permite un desarrollo humanista al incorporar a la narrativa de los países su tradición, su cultura y sus costumbres.

Sin embargo, esta incorporación no debe entenderse como una vuelta al pasado. Al contrario, debería ser un estímulo para avanzar hacia la transculturación y la interculturalidad, y no hacia la multiculturalidad.

La deriva actual parece transmitir que vivimos un momento de enriquecimiento cultural que denominamos multiculturalidad, cuando, en realidad, el concepto apunta a lo contrario. Se trata de la coexistencia de diferentes culturas en un mismo espacio geográfico, con escasa influencia mutua: se mantienen en guetos, con vivencias y desarrollos paralelos.

Este modelo termina derivando en una lucha por la hegemonía del espacio social, donde se establecen jerarquías y se generan conflictos. En ese contexto, proliferan estereotipos y prejuicios dirigidos hacia las culturas no prioritarias o no deseadas por el “establishment”.

A esto hay que añadir que esta multiculturalidad, travestida de progreso y de evolución natural en el reconocimiento del estatus de un pueblo, no nace del desarrollo real de las relaciones entre las personas en ese entorno, sino que se instaura al amparo de la recuperación de valores tribales y de dinámicas de control y menosprecio hacia quienes no comparten este modelo de narrativa sociológica.

En ese contexto, se produce un retorno a las diferencias hegemónicas que desemboca en conflicto social y en un pensamiento polarizado: lo nuestro frente a lo ajeno.

Este despertar de lo cultural entendido como los unos frente a los otros va en contra de la equidad y del respeto mutuo, e impide avanzar hacia formas más complejas de relación entre culturas. Este intrusismo social ha condicionado el crecimiento y el enriquecimiento propios de la evolución natural de los pueblos, generando una lucha por la hegemonía cultural y la jerarquía social que se repite, con distintas formas, a lo largo de la historia.

No se trata de coexistir, sino de convivir. Una convivencia que promueva la tolerancia, la adaptación, el cambio, el pensamiento crítico y el aprendizaje en un contexto intercultural

Mantenido por un falso conservacionismo de lo auténtico, este proceso no deja de ser una manifestación del menosprecio hacia el diferente. Nuestra identidad como sociedad no ha surgido de un “yo” aislado, sino de la interacción constante entre múltiples “tú” a lo largo del tiempo.

No debemos caer en el reduccionismo étnico, sino dejarnos llevar por la evolución natural de las civilizaciones hacia un crecimiento como una sola especie. Este crecimiento se produce mediante el intercambio de ideas, la confianza y la interacción constante.

Se trata de un modelo intercultural: la manifestación de diferentes culturas en movimiento, en interacción continua, frente al carácter estático de la multiculturalidad. La interculturalidad interpreta la diversidad como enriquecimiento, frente a las pedagogías derivadas de una educación monocultural que comienza a reaparecer en las sociedades actuales.

Los modelos multiculturales parecen querer transmitir esta idea de progreso e interacción, pero, en la práctica, favorecen la aparición de ideologías jerárquicas e impositivas, donde lo “mío” se impone frente a lo “ajeno”, menospreciando aquello que se aleja de lo propio.

Una sociedad multicultural mantiene la coexistencia: acepta la interacción, pero se aleja de la integración, que hoy parece constituir la base de un modelo social sin barreras socioeconómicas ni culturales.

Por ello, no se trata de coexistir, sino de convivir. Una convivencia que promueva la tolerancia, la adaptación, el cambio, el pensamiento crítico y el aprendizaje en un contexto intercultural. No una convivencia basada en el paternalismo dominante, sino aquella que acepta lo diferente desde una mirada racional y crítica, capaz de generar progreso, evolución social y crecimiento conjunto.

Retorno al inicio de mi reflexión y observo, con cierta amargura, lo poco que hemos aprendido desde el pasaje bíblico de la torre de Babel. Un símbolo de plena actualidad.

Autores como Vigotsky y Luria subrayaron la importancia del lenguaje en la formación de los procesos mentales: las funciones complejas se construyen a partir de la interacción del individuo con su entorno, y no con cualquier entorno, sino con el entorno cultural en el que se desarrolla. La actividad mental es, en gran medida, resultado de esa experiencia, configurada a través de la adquisición de un sistema lingüístico que modela la atención, el pensamiento y la acción.

Esta teoría, no exenta de críticas, pone de manifiesto el papel central del lenguaje en la construcción del pensamiento. Por ello, como especie, deberíamos preguntarnos si aspiramos realmente a una convivencia que permita avanzar hacia cierta confluencia de pensamiento.

De ahí la referencia a Babel. El pasaje nos muestra de lo que es capaz una humanidad unida: “Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es solo el comienzo de sus obras y todo lo que se propongan lo podrán lograr”. Para evitarlo, se introduce la confusión de lenguas y, con ella, la fragmentación.

Sin embargo, no solo hemos evolucionado en un sistema plural, sino que seguimos perpetuando esa dispersión. Y al hacerlo, limitamos nuestro propio potencial como especie.

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