Es de suponer que habrá una gran afluencia a los próximos mítines del señor Sánchez, no porque todas las personas asistentes le vayan a votar en unas supuestas próximas elecciones generales (que alguien lo votará y está en su derecho, desde luego), sino por la sencilla razón de que, y esto según algunos periodistas que así lo airean, será de las últimas veces que ese público asistente podrá ver, en vivo y en directo, al gran «artista» Pedro Sánchez. Pero no voy a seguir hablando de este raro y siniestro personaje. ¡Existe la posibilidad de que, de no ganar las próximas elecciones, tal vez llegaremos a verlo sentado en el banquillo de los acusados!
No, no. Mi intención ahora es denunciar aquí el abandono que existe, desde la Administración, y en Asturias, en cuanto al control de la plaga que supone la avispa asiática para la supervivencia de las abejas en el entorno asturiano. En algunos pueblos, y de esto tampoco hace tantos años, solía haber un lugar para unos «caxellos» (un rudo cajón de madera para acoger las abejas) cerca de la casa. En según qué zonas le dicen «truébanos». O bien estaban puestos en el corredor del hórreo o en el de una panera, o en cierto rincón cercano a la vivienda. Pero de ellos los paisanos extraían algo de miel para el consumo particular de la casa. Cerca de ella había abejas. Hoy esto es algo más difícil. En el supuesto caso que nos llegue un enjambre a primeros de mayo, o en junio, por ejemplo, en la actualidad es más que probable que dicha población de abejas no supere el próximo invierno por la amenaza que a dicho insecto le supone el aludido avispón asiático.
Creo que nuestra Administración no se preocupa lo suficiente de una parte de la gente de Asturias. Esta Administración tiene en el olvido a algunos de sus propios contribuyentes, aunque resulte un tanto duro oírlo. Y lo lamento. Sobra decir que de esto en el canal autonómico de televisión no se habla ni un segundo: completan la programación, entre otros, con espacios para saber cocinar un plato de arroz con conejo; o ese otro en el que cierta colaboradora va a un pueblo a conocer a la gente y termina la sesión bebiendo unos culos de vaso de sidra y comiendo empanada. Entre otros lamentables ejemplos de temas a tratar.
Siempre me extrañó aquella afirmación de un conocido que tengo, que se considera «de izquierdas» (como si eso fuera muy importante, aunque sin duda para él debe de serlo), al que le oí decir en cierta ocasión, en cuanto al hecho de que los políticos debieran «tomar la iniciativa» para resolver ciertos problemas que padece la gente, que «no hay por qué hacer nada. Que la gente lo pida». ¡Años después llegó a ser concejal en el Ayuntamiento de Langreo! Actitud muy diferente a la de aquel alcalde que tuvo la ciudad de Barcelona, Pasqual Maragall (entre 1982 y 1997; luego fue presidente de la Generalidad de Cataluña de 2003 a 2006), que solía ir por las calles de la ciudad a observar cómo estaban aparcados los vehículos: el que estuviera sobre la acera sería multado. O revisaba el estado de las señales y demás mobiliario urbano, avisando en el caso de que hubiese desperfectos.
Qué diferencia conceptual entre uno y otro. Y qué dos diferentes maneras de vivir... de la política.
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