jueves, 12 de marzo de 2026

NOS QUEDAMOS MIRANDO PARA LAS ESTRELLAS.

 A los asturianos me dirijo desde Madrid.

Veo en España un hecho constante y recurrente en su política exterior. Nuestra política, quiero imaginar que por ser mediterráneos, siempre se ha caracterizado por el ensimismamiento.

En el siglo XVII, según relata Ortega en uno de las lecciones que impartió durante uno de sus cursos dedicado a esbozar una interpretación de la Historia Universal, Felipe IV decidió que España se encerrara gravitando sobre sí misma, como dice Ortega: «Consistió en una repentina y extraña retirada o retracción desde la inmensa periferia imperial al centro del mundo español, a la reciente Corte de España, a Madrid». ¿Por qué? No es el lugar preciso para poder dar una contestación a las causas de aquella retracción, pero, el hecho es que da a entender algo propio del carácter español.

En 2003, al calor del eslogan «No a la guerra», la izquierda española consiguió dar un vuelco a la política exterior sostenida por el Gobierno de Aznar, giro que terminaría de consolidarse con la llegada de Zapatero a la Moncloa. Se me objetará -no sin motivo- que se trata de circunstancias distintas y de realidades políticas difícilmente comparables. Y es cierto. Pero, aun siendo momentos diferentes y sólo en apariencia inconexos, ambos dejan entrever un mismo rasgo: una cierta inclinación al ensimismamiento. Por nuestras venas corre el ímpetu germánico, por desgracia o por ventura, según se mire. La realidad es que los franceses lo recibieron por obra de Carlomagno; los españoles, por los visigodos y, no digamos ya, con Carlos I; y los italianos, porque ya en su ejército, durante los siglos III y IV d. C., se habían incorporado grandes contingentes de «bárbaros» destinados a defender las fronteras del Imperio. Aquellos contingentes terminaron mezclándose con la población local, de modo que las venas latinas acabaron transfundiéndose con sangre germánica. Así, el mundo latino -el nuestro- es, en puridad, impuro, una mezcolanza de Roma y Germania, lo cual no deja de tener algo de paradójico. Pero aun con esas, seguimos ensimismándonos, como nuestro arte mediterráneo, siempre embargados de lo presente como tal. ¿Y qué mayor presente, para nosotros, que nuestro propio ombligo? Pues así seguimos, tanto por las declaraciones de nuestro presidente, como por las respuestas de la gran mayoría de compatriotas de este país. Vivimos sólo atentamente de nosotros mismos, como el Madrid del 1898. Salvo por unas cuantas excepciones. La España del siglo XVII, contenta con quedar absorta de sí misma, ésta estaba en todo el mundo y seguía estando oficialmente en el inmenso orbe de su Imperio. Porque, bien mirado, ni huevos nos quedan para romperlos y hacer una pobre tortilla. ¿De dónde nace, pues, este ensimismamiento casi suicida, que nos arrima a ese hermetismo político en el que nuestro gobierno gusta de encerrarse cuando, fiel a su vieja querencia, resuelve marchar a contracorriente de las demás políticas exteriores?

No hay mejor final que dejar por cierre aquestas palabras de Ortega: «Pero el caso es que dentro de Occidente ningún otro pueblo ha demostrado como el español esa tendencia a retraerse y absorberse dentro de sí mismo, en la cual, por haches o por erres, siempre recae».

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