domingo, 8 de marzo de 2026

LA TERAPIA DEL SEXO.

 El sexo voluntario es un comercio lícito, igual que aquel que se beneficia de la belleza, la sabiduría, el conocimiento o la potestad política, porque al final todos esos atributos naturales o adquiridos pueden manifestarse como diferentes expresiones del poder (el sexo lo es) y están a disposición de quienes decidan obtener una ganancia que al final siempre será material y a costa de quienes no han sido colmados de esos dones ( "gracia que el cielo no quiso darme", en palabras del manco) o buscan un complemento a sus carencias, o son simplemente necesitados. Ganancia que puede llegar en formato monetario o en otras prebendas disfrazadas de conseguimientos de curso legal (acceso a puestos de privilegio, convivencias de conveniencia...), legalidad bendecida por instituciones ideadas para extender el exigido visado, y que también forman parte de una de las variantes con que se representa el poder, y que como tal puede ser tramitado y registrado con el único requisito de ajustarse a unas exigencias solemnemente denominadas normas o leyes, y que en nada se oponen a la licencia de costumbres siempre que se cumplimenten y presenten debidamente tipificadas (naipes marcados) y superficialmente higienizadas (un quitapolvo basta), y todo disimulado bajo un sinuoso laberinto de accesos ocultos y escapes secretos difíciles de localizar.

Y ante todo eso el comercio sexual inmediato, voluntario y fugaz, es limpio, explícito, abierto e identificable como máxima expresión de la voluntad individual, la única que escapa a lo organizado, ya que todo corporativismo resulta en sí mismo sospechoso al tener como objetivo incorporar múltiples pocos para obtener un gran mucho (caquita a caquita es como se acaban formando los grandes montones de mierda) y una vez adquirido el músculo (de nuevo el poder) su buen o mal uso dependerá de la voluntad de quien maneja el registro de la marca así elaborada y que por sustentarse en muchos atenta precisamente contra el individuo como expresión solitaria de la dignidad personal, el único bien que depende de uno mismo y que puede resistir las embestidas más violentas.

Y a esa independencia individual e intransferible la quieren expropiar y apropiar, que eso es lo que significa controlar (esquivando el  antipático "someter"), el mayor atentado imaginable contra la libertad y la grandeza del individuo, y perpetrado en aras de un supuesto bien superior: preservar la dignidad de un ser humano, como si su dignidad no dependiese de su linaje íntimo, sino de un mando a distancia (que alguien nos proteja de nuestros protectores), y a cambio de su albedrío, que entrega en pago. Y de ahí ha surgido la rebelión para defender a mordiscos esa facultad de disponer de uno mismo sin intromisiones externas siempre invasoras y particularmente rastreras, por su condición colegiada. Porque  todo eso podría tener como principal objetivo la demonización de un figurante que pasaba por allí, más necesitado que sobrado y a quien se le asigna el papel de escopetero siendo, como es, la pieza cobrada, y aún así agradecida, pero ambos actores, principal y secundario, son merecedores de la mayor comprensión y afecto.

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