lunes, 26 de enero de 2026

LA SOLEDAD MATA.

 Hoy, la soledad es una lacra que devora a muchos. Ya nadie importa a nadie.

Para entenderlo, basta un ejemplo: ese operador del ambulatorio de Colloto que, tras más de 40 llamadas, no cogió el teléfono. Al ir en persona, me dijo que si atiende presencialmente no puede atender el teléfono. Le respondí que antes había una sola chica y jamás habíamos tenido quejas; ahora son dos. No lo digo solo yo: tres personas que estaban allí me apoyaron. Incluso uno de ellos lo llamó desde muy cerca, viéndolo claramente, y el teléfono sonaba sin que nadie lo cogiera.

Le pedí que imaginara que quien llamaba era una persona mayor y sola. Me contestó: "Llame al 112". Como ven, les importamos una mierda. Incluso al decirle que se debía a los pacientes, respondió que no, que él trabajaba para el Sespa.

Se perdió la familia, la educación del apoyo, la vecindad. Hoy, unos mueren solos y otros se suicidan porque no encuentran en quién apoyarse ante dificultades económicas, sentimentales o de salud. No nos damos cuenta -o no queremos darnos cuenta- de cuánta gente sufre cerca de nosotros sin que lo sepamos ni queramos saberlo.

Cada minuto se detectan enfermedades graves entre nosotros o nuestros familiares. No es lo mismo sobrellevarlas con apoyo familiar, vecinal y profesional que hacerlo en soledad. Antes, cuando alguien estaba enfermo u hospitalizado, acudían familiares, amigos y vecinos: un recuerdo cálido y reconfortante. Hoy no solo no visitamos a los enfermos, es que preferimos no enterarnos, para no tener ese dilema de conciencia.

Siempre repito lo de las feministas: dicen estar con las mujeres, pero solo con las jóvenes. Mujeres son también millones de viudas que mueren solas, sin medios, sin salud y sin memoria. Nadie pone remedio a tanta soledad. Y qué decir del abandono institucional en residencias de ancianos.

Ya nadie importa a nadie.

Todas las familias sufren enfermedades largas o cortas, que van mermando, especialmente cuando afectan a un hijo, a un joven. Nosotros llevamos 16 años con esa enfermedad que vuelve cada dos años, operación tras operación. Es cruel, muy cruel para los padres... e inmensamente más cruel para el hijo, que se acuesta y se levanta cada día con ese peso.

Por eso cuesta creer que esta sea la única vida: unos nacen con estrellas y otros estrellados. Hay hijos de... que viven a cuerpo de rey, y buena gente, niños y jóvenes que enferman, sufren y no disfrutan de los años que les corresponden. No es posible tanta descompensación, sin otra vida para equilibrarla. ¿Quién da y quita salud, dinero y amor de forma tan descarada? Si es Dios, podría repartir suerte y sufrimiento por igual.

Es cierto: la vida es efímera para todos, aunque pensemos que a nosotros no nos tocará. Pero con compañía y amor del entorno, todo se lleva mejor.

Hoy no puedes llamar al médico de familia: es distante. Hoy no puedes llamar a tío, tía, primo o prima... ya no son familia. Antes lo eran hasta cuarto grado de consanguinidad.

Políticos, administraciones, bancos, empresas y sindicatos se alejan del ciudadano. Los mayores recordamos con orgullo cuando hacíamos tirar las ventanillas para atender a la gente de cara, dándole la mano. Hoy, lo más cercano es lo online.

Tampoco se apuesta ya por formar una familia: se separan más personas de las que se unen. Mientras se es joven, parece que todo vale. Pero cuando llega el momento de necesitar conversación, asesoramiento, ayuda o apoyo, suele ser tarde. Para entonces, se ha destrozado lo más bonito de la vida: compartir sentimientos, sueños, ilusiones, amor, perdón, reconciliación... e incluso dolor.

Se permite -sé que en algunos países no- construir viviendas y rodearlas como fortalezas. Ya no hay pueblos ni vecindad; hay castillos y gente que ni se habla ni se conoce. En los pisos, ni siquiera quieren montar en el ascensor con nadie por no entablar conversación.

Este mundo que estamos construyendo es un mundo de soledad... entre multitudes.

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