domingo, 11 de octubre de 2020

EL SILENCIO DE LOS SUICIDIOS

 ESO AHORA NO TOCA ,TODO ES COVID-19

Leo con tristeza en LA NUEVA ESPAÑA del domingo 11 de octubre la lamentable noticia de una gijonesa de 56 años que se precipitó por la ventana desde un segundo piso en el barrio gijonés de Moreda. No es la primera vez que leemos algo así, ni por desgracia será la última. A todos nos debería hacer reflexionar sobra la situación en que cada vez más ciudadanos y más jóvenes se encuentran en situaciones tan insoportables y desesperantes como es la depresión crónica o reiterativa. Para mi desgracia, desde hace más de treinta años estoy viviendo ese problema tan de cerca como es el tener una hija que, sin saber por qué, ni el motivo ni la razón, de la noche a la mañana empezó a padecer depresiones periódicamente, en tal grado que siendo enfermera titular y con plaza fija en el Hospital de Cabueñes, tras mil y una adversidades rodando por toda Asturias dando sustituciones para sumar puntos y conseguir plaza fija, cuando ya llevaba años ejerciendo en dicho hospital, la dolencia mental la obligó a tomar periodos de baja laboral prolongados hasta el límite de que la propia inspección de la Seguridad Social la propuso para una invalidez permanente por consejo de los servicios de psiquiatría, que no vieron solución a su problema.

Mi hija, como tantos otros pacientes de enfermedades mentales, son atiborrados de medicación, que, a mi entender, les hace estar temporadas en una falsa mejoría, pero, pasado un periodo más o menos corto, vuelven a recaer en su dolencia más profunda, lloran mañana, tarde y noche, se hacen autorreproches de todo tipo, sufren lo indecible, y, sin querer ir de víctima, provocan en su entorno familiar una situación muy difícil de soportar.

Ahora, desde que nos cayó encima la puñetera pandemia del covid-19, nuestro sistema sanitario, a mi entender, hace agua por todas partes, pero de manera muy especial en el área de psiquiatría. No es de recibo que a pacientes que están sufriendo crisis depresivas que en ocasiones les impiden hasta respirar con normalidad agobiados por la angustia que padecen se les someta al calvario de pasar horas marcando el teléfono de su centro de salud sin que nadie ni siquiera se digne descolgarlo para preguntarles por el motivo de su llamada. Aquellos pocos que al final consiguen que se les atienda al teléfono, la respuesta es que su psiquiatra les llamará dentro de equis días, lo que genera en el paciente una reacción contraria a lo que se persigue. Ellos necesitan ser escuchados presencialmente, el psiquiatra es al enfermo mental lo que el confesor es al creyente. No hace falta ser ningún lince ni haber conseguido ningún máster en parte alguna para darse cuenta de esto.

No pretendo culpar a los servicios médicos de toda esta problemática, ellos, en cierto modo, también son víctimas de un sistema que hace agua por todas partes y que estoy tratando hacer público; culpo a aquellos que, teniendo en sus manos el poder que los ciudadanos le dieron con sus votos, parece que esto para nada les preocupa y gastan su tiempo y el dinero de nuestros impuestos en luchas tribales tratando de vencer a sus oponentes políticos para conseguir cada vez más parcelas de poder y sin que en realidad se nos demuestre a qué fines se destinan.

Para no alargarme más, solo pido a Dios que jamás ninguno de quienes tienen las riendas del poder se vea en la necesidad de pasar por la triste situación por la que pasan estos pacientes, y a la que arrastran involuntariamente a su entorno familiar. Señor Barbón, señores políticos en general: Política, con letras mayúsculas, a mi entender, es hacer y buscar el bienestar de la ciudadanía en general, de manera especial, la de aquellos que han caído al pozo de las desgracias. Hacer alarde de políticas progresistas puede quedar muy bien para conformar a la parroquia, pero lo deseable es ponerla en práctica. Este tipo de enfermos necesitan más psiquiatras y más psicólogos que les ayuden a llevar una vida medianamente soportable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario