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martes, 14 de enero de 2020

INMENSO DESPLIEGUE DE PUIGDEMONT,ABSOLUTA INDIFERENCIA DE EUROPA.

Inmenso despliegue de Puigdemont, absoluta indiferencia de Europa

Como cuando viaja el secesionismo, no pasó nada y a nadie que no fuera catalán le importó.

La paletada «groupie» llenaba el vuelo a Estrasburgo desde Barcelona, vía Múnich. El problema de la cola para embarcar es que no distingue intenciones, y aunque yo sabía quién era cada cual, si alguien hubiera tomado una fotografía en la distancia, habríamos parecido todos las animadoras del fugado. Entre cargos, carguitos y periodistas de medios tan subvencionados que yo hasta dudo que facturen más de lo que cobran del erario, era la cola más cara que ha visto Cataluña en años. Todos con el lacito como esos niños que cuando salen de excursión están obligados a vestir el chándal del colegio para que a la maestra le sea más fácil distinguirlos. Y con este ambientazo partimos a dar la nota a Estrasburgo.
Pere Aragonès excusó a media mañana su presencia al circo por «un problema personal». Sólo le faltó decir que quería «tiempo para sí mismo». El candidato republicano no acudió porque lo de ayer quería ser el primer mitin de Puigdemont contra Esquerra de cara a las próximas elecciones autonómicas, que es de lo que todo esto ha ido siempre. En el aeropuerto de Múnich, Joan Maria Piqué, ex jefe de prensa de Artur Mas y actual «dircom» —ahora se dice así— del consejero de Interior, Miquel Buch, se sentaba alejado de los periodistas, como si no les conociera, como si no les recordara de cuando les llamaba para dictarles —o para amenazarles—. Sólo habló con Carles Riera, líder de la CUP, en lo que constituye una precisa metáfora sobre el rincón ideológico —y moral— al que ha ido a parar Convergència. El rincón, también muy concreto, al que ha ido a parar el periodismo en Cataluña, se explica en que todos los reporteros enviados, con la honrosa excepción de Fidel Masreal, de «El Periódico», llevan lacito o chapita, por si no hubiera quedado claro quién paga.
Ya en Estrasburgo, frente al Parlamento Europeo, el circo estaba organizado con sus cinco autocares recién llegados de Barcelona —poquitos, poquitos— y hasta 39 cargos públicos, que hay que sumar a la cola de periodistas orgánicos y demás empleados del Govern —valga la redundancia— para hacernos una idea de lo que nos ha costado el viaje. El presidente de la Generalitat, Quim Torra, y el del Parlament, Roger Torrent, parecían doncellas de cámara esperando a la princesa en sus aposentos. Puigdemont llegó y se arrastraron de tal modo que era imposible no confundirles con la moqueta. Había tanto partidario envolviendo al expresidente que me recordó al nacimiento de la hija de Zita, una «minyona» gitana que tuvimos y que cuando fuimos a verla estaba toda la familia —toda— y el tumulto colapsaba el pasillo y era imposible entrar.


Los pasillos del Parlamento parecían el puente Carlos de Praga durante los días de la Purísima, en que la frase más probable que puedes oír es: «Miquel, que em pots passar la càmera, siusplau». En la rueda de prensa posterior al ingreso en el de los diputados fugados, el amigo de ETA, Pernando Barrena, habló de justicia y derechos humanos para reivindicar a Comín y a Puigdemont, cuando en realidad les situó en su marco exacto.
Pero como siempre que el independentismo viaja, no pasó nada y a nadie que no fuera catalán le importó lo más mínimo el sonrojante despliegue de nulidades y prensa comprada, de obviedades repetidas con solemnidad cantonal, ni siquiera la preciosa cantidad de tiempo y dinero perdidos intentando que pareciera importante lo que simplemente fueron los «Clampetts» naufragando en el más espantoso de los ridículos como siempre que quieren hacerse los internacionales. Pese a su retórica victoriosa, que en nada se corresponde con una amarga realidad de soledad y ostracismo, de muy cerca podía verse la profunda tristeza de la mirada de Puigdemont, y cómo las facciones le caían de puro cansancio cuando las cámaras dejaban de enfocarle y relajaba la mueca del aventurero desafiante.
Las únicas alegrías que de verdad se dio ayer el independentismo fueron en el bar junto a la sala de prensa, donde consejeros, diputados batasunos y de la CUP y prensa afín se echaron unas sonoras carcajadas, mientras Puigdemont celebraba su conferencia de prensa con Quim Torra y Elsa Artadi en primera fila. Los más extravagantes diputados fueron a ofrecerle su apoyo, que ni significó nada ni tuvo la menor relevancia. Mientras tanto, Junqueras conspira con los Verdes para que no acepten al fugado en su grupo parlamentario, redundando en el autonomismo tribal que es la única explicación de esta historia. Puigdemont y Comín se sentaron ayer en el gallinero, con los no inscritos y demás restos de serie.
A la salida del Parlamento Europeo, camino de La Cloche à Fromages, para comer por lo menos algo importante y compensar uno de los días más anodinos y anónimos de mi vida, coincidí por última vez con el grueso de la delegación de políticos y orgánicos cruzando a oscuras el patio central del edificio Louise Weiss. Se felicitaban entre ellos, satisfechos en su círculo provinciano. Fue un buen resumen de la Cataluña de hoy ese simulacro, ese botín de dinero despilfarrado para continuar engañando a su público aldeano, mientras para el resto del mundo no son absolutamente nadie.
SI PERO HACEN PROPAGANDA EN PERJUICIO DE ESPAÑA.

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