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domingo, 17 de junio de 2018

PEDRO "EL BREVE"

Pedro «El Breve»

«La defenestración de dos ministros en menos de 24 horas era un plato demasiado indigesto. El abucheo de la oposición y la mala conciencia colocaron a Sánchez en una situación apurada»

 
 El Ministro de Agricultura, Luis Planas
El Ministro de Agricultura, Luis Planas -
 
En poco más de una semana hemos pasado del asombro a la decepción. El primer Gobierno nacido de una moción de censura, el primero que se atrevió a sentarse en el banco azul con menos de un veinticinco por ciento de apoyos en las gradas del hemiciclo, el pionero en reclutar a sus miembros en naves espaciales y programas televisivos del corazón, ha sido también el del ministro más breve, el del presidente más cobarde y el de las promesas más efímeras.
Máxim Huerta, que llevaba camino de convertirse en el bufón del consejo de ministros –no hay mal que por bien no venga– puso a prueba la coherencia presidencial en materia de sujeción a las exigencias éticas que él mismo se había fijado voluntariamente cuando hablar salía gratis. Acto seguido, la situación procesal del ministro de Agricultura desafió por segunda vez la palabra comprometida de cerrar los despachos ministeriales a políticos imputados.
Con Huerta, después de algunos forcejeos, funcionó la guadaña de la ejemplaridad. Pero con Luis Planas, no. La defenestración de dos ministros en menos de 24 horas era un plato demasiado indigesto. El abucheo de la oposición y la mala conciencia colocaron a Sánchez en una situación apurada. Y en lugar de dar la cara, se quitó de en medio. Protegido por un cordón de seguridad que le mantenía alejado de la canallesca decidió esconderse en las zahúrdas de La Moncloa mientras sus asesores cocinaban cuidadosamente las respuestas a una entrevista pactada con el diario gubernamental. Nada de riesgos.

Había sacado a pasear su sonrisa más fotogénica cuando llovieron los elogios inaugurales a su mandato y las encuestas le pusieron por los cuernos de la luna, pero ahora no estaba dispuesto a arrostrar los infortunios que comenzaban a sucederse en tropel.
En pocas horas, el nuevo Gobierno había levantado lleno de entusiasmo todas estas banderas: diálogo inminente con Torra, reforma urgente de la Constitución, acercamiento de políticos presos, derogación de la reforma laboral y concesión indiscriminada del estatuto de refugiado para los 629 inmigrantes del 'Aquarius'. Diez días después no queda ninguna colgada al mástil. Lo de Torra va para largo porque el independentismo no se ha dejado seducir por los requiebros de los nuevos gobernantes y se niegan a rebajar el listón de sus exigencias.
La reforma constitucional cacareada por la ministra Batet se ha dado de bruces con la pavorosa soledad parlamentaria del partido que la propone y el desprecio con que fue acogida en el Palau de la Generalitat. La derogación de la reforma laboral ha quedado orillada en cuanto Magdalena Valerio se ha dado cuenta de que el pragmatismo político le exige poner los pies en la tierra. El discurso solidario de puertas abiertas para los inmigrantes a la deriva ha sido sustituido, después de que Borrell pusiera el grito en el cielo y Susana Díaz le hiciera la ola, por el del estricto cumplimiento de la ley.

El mundo feliz que Sánchez prometía se ha venido abajo como un castillo de naipes. Y lo que es peor: una tercera parte del nuevo Gobierno ya está en serios apuros. Huerta, caput. Planas, en la picota. Valerio, desautorizada. Marlaska, enfrentado a Llarena. Y Batet, desesperada porque ninguna de las ofrendas de paz que le ha trasladado a Elsa Artadi, su par en el Gobierno de Cataluña, ha conseguido apear al independentismo de su programa de máximos. En siete días de negociación los separatistas han destituido al jefe de los Mossos que colaboró con el Estado opresor, han reabierto las embajadas que el 155 había dado por disueltas y ha puesto en marcha la ley pertinente para investir aPuigdemont por videoconferencia.
¿Cuándo saldrá el presidente del Gobierno de su escondite para explicarnos qué conejo le queda en la chistera? Su cobardía empieza a ser proverbial. Lo que hizo el jueves por la tarde, dejando solo al primer ministro irlandés en la sala de prensa de La Moncloa para no tener que vérselas con las preguntas incómodas de los periodistas españoles, es un gesto que no tiene precedentes. También en eso ha batido récords. En dos semanas ha pasado de prometer transparencia a instalarse en la opacidad. Pincho de tortilla y caña a que si sigue a este paso volverá ser, por segunda vez en su trayectoria política, Pedro el breve.
ES MUY DIFÍCIL LA SITUACIÓN PARA GOBERNAR ESPAÑA CON 84  DIPUTADOS EN UNA CÁMARA DE 350 , NO SE PUEDE HACER MUCHO. 

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