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lunes, 6 de noviembre de 2017

NO SIRVE NI EL PERDÓN PARA LOS INDEPENDENTISTAS

Pedíos perdón.

El independentismo se debe unas disculpas; no ha estado a la altura de su propio reto por su indigencia política, intelectual y moral. El todo o nada contra España es una constante en la historia trágica de Cataluña.

El independentismo se debe unas lentas y profundas disculpas a sí mismo, por el honor y la entereza y la competencia con que toda idea merece ser defendida; por el esfuerzo de tantos años y las legítimas esperanzas que tantos se sintieron con derecho a albergar y a convertirlas en el centro de sus vidas. El independentismo puede continuar con su propaganda antiespañola si cree que ello le sirve para mantenerse en la tensión callejera que le permita llegar en condiciones a las elecciones de diciembre, pero tiene que entender que no ha perdido ni contra España, ni contra el Gobierno ni contra Europa sino contra su fatuidad y su arrogancia, su provincianismo extremo, su inconsistente puerilidad y su absoluta falta de talento.
El independentismo simplemente no ha estado a la altura de su propio reto y lo que tarde en entender que su fracaso se debe exclusivamente a su indigencia política, intelectual y moral es exactamente lo que tardará en levantarse del suelo, por el que sin la ayuda de nadie se ha arrastrado, y poder entonces articular un proyecto político con el que por lo menos perder en su enfrentamiento con un Estado como España y no este vergonzoso haberse eliminado él mismo en las cuestiones preliminares.
Tras años de presumir ante la prensa nacional e internacional, en foros de todo tipo y en tertulias radiofónicas y televisivas de las famosas «estructuras de Estado» que se estaban preparando, cuando la república catalana presuntamente se proclamó, no había nada: absolutamente nada, ni siquiera un sistema, por rudimentario que fuera, de cobrar impuestos, por no hablar de la tantas veces anunciada hacienda catalana. Las famosas vías de financiación que se decía que Junqueras tenía pactadas -tanto públicas (es decir, préstamos de otros Estados) como privadas (fondos de inversión, etcétera)- han resultado ser falsas. Las también famosas reservas económicas de la Generalitat tampoco han servido de nada, porque en el caso de que realmente existieran, el ministro Montoro no sólo intervino los pagos sino que bloqueó las cuentas del Govern. «Y La Caixa le obedeció», dice con sorpresa una fuente del departamento de Economía, como si pudiera ser una sorpresa que la primera entidad bancaria de España obedeciera al Gobierno o a la Justicia y, sobre todo, como si fuera serio tratar de fundar un Estado nuevo sobre la falacia de semejante cuento de la lechera.

Ingenuidad clamorosa

No sólo ninguna de las estructuras de Estado estaba preparada ni tenía la más mínima posibilidad de ponerse en marcha, sino que, por miedo a perjudicar electoralmente a los fallidos encargados de haberlas materializado, el Govern deliberadamente ocultó su inacción e hizo como si todo estuviera perfectamente a punto. Bajo esta creencia, Carme Forcadell y la Mesa del Parlament asaltaron la democracia y cualquier principio de legalidad imaginable los días 6 y 7 de septiembre, aprobando la ley del referendo y la de transitoriedad jurídica, sin temer la acción de la Justicia española, en tanto que la república catalana no tardaría ni un mes en proclamarse y España dejaría de tener capacidad operativa en Cataluña. El enfado de Forcadell y sus secretarios de Mesa con Puigdemont es mayúsculo, aunque su ingenuidad no es menos clamorosa, sobre todo cuando todos ellos fueron advertidos una y mil veces -por todas las instancias judiciales y por el Letrado Mayor del Parlament- de los delitos que iban a cometer y de las gravísimas consecuencias penales que tenían.
Estoy convencido de que Carme Forcadell y los secretarios, en asuntos de muy menor importancia, han tomado muchas más precauciones y se han cerciorado de la verdadera consistencia del terreno que pisaban antes de tomar decisiones que ni en el peor de los casos podían condicionar de un modo tan dramático sus vidas. Esta fe ciega del independentismo, ajena a cualquier verificación racional y por lo tanto a cualquier inteligencia, constituye en sí misma una tremenda falta de respeto a sea cual sea la causa que se pretenda defender y garantiza un final de humillación y derrota.

Independencia por Twitter

En este mismo sentido, el señor Puigdemont, siendo todavía president, tuvo el consejo de altas personalidades, sensatas y competentes, que le advirtieron del peligro que corría y de su fragilidad y la de su gobierno en un conflicto abierto con el Estado: y la noche del miércoles decidió acertadamente convocar elecciones autonómicas y dejar de dar pasos hacia el abismo que sólo podían perjudicarle. El jueves por la mañana, cuando comunicó su decisión al grupo parlamentario de Junts pel Sí y a las organizaciones callejeras, las redes y algunos de sus compañeros de aventura y hasta de su propia administración empezaron a insultarle, y todo un presidente de la Generalitat prefirió escuchar el griterío que a las personas más capaces y preparadas de Cataluña y de España, de modo que el viernes 27 de octubre de 2017 Twitter declaró su primera independencia de la Historia.
Ni los partidos que la promulgaron se la creyeron -bastó ver sus caras largas durante la votación- ni se publicó en el DOCG (el BOE catalán), ni siquiera llegó a arriarse la bandera española del palacio de la Generalitat. Pero ahí estaba Puigdemont, prefiriendo quedar bien con la turba que adecuar sus ambiciones a la realidad y así desafió nada menos que a un Estado como España sin tener el control de los Mossos -que pese a las ambigüedades de Trapero no salieron a hacer efectiva la república-, ni ningún reconocimiento internacional pactado (tal como tantas veces se había asegurado), ni siquiera las dos o tres leyes, instrucciones o decretos que cualquier nuevo Estado promulga para dejar claro que ha nacido. Nada. Nada de nada. Ni un triste desfile o concierto o concentración multitudinaria. Un improvisado escenario en Sant Jaume con la periclitada Companyia Elèctrica Dharma, que daba toda la sensación de que la habían contratado a última hora por ser el único grupo catalán que aquel viernes otoñal no tenía ningún bolo programado.
El nulo reconocimiento internacional, en relación con el dinero y el tiempo gastados con las llamadas «embajadas catalanas», además de con tantos fantasmas que durante años se hicieron los enviados secretos y que decían tener en el bolsillo a tantos países que al final lo único que han hecho es mostrar su más absoluto apoyo a España, es otra de las increíbles fantasías del independentismo, que no ha logrado ni un solo reconocimiento internacional, ni siquiera de los enemigos de España como la Venezuela de Nicolás Maduro, tal vez -y aunque resulte grotesco hay que decirlo- porque ni la presunta república catalana se ha reconocido a ella misma.
Muchos querrán explicar lo ocurrido con victimismo, sectarismo o con teorías de la conspiración siempre tan entretenidas como normalmente falsarias. Hay un dato que sin embargo aporta la luz más necesaria para entender cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. ¿Cuántos encarcelados hay de la CUP? ¿Cuántos de los asesores del señor Puigdemont que tan decepcionados se sintieron cuando iba a convocar elecciones autonómicas están hoy en prisión o amenazados de acabar en ella? ¿Cuántos de los tuiteros, anónimos o agitadores profesionales que le llamaron traidor, rata y cobarde duermen hoy en Estremera o están fugados en Bruselas? Ni uno solo. Ni uno solo de todos ellos. Es una constante en la historia trágica de Cataluña que el centro moderado e incluso el centro derecha se confundan de compañeros de viaje y que el bienestar de un pueblo cuya naturaleza es pactar, negociar y reinvertir de manera creativa y fértil sus ganancias, acabe naufragando en las más surrealistas escenas de desorden y caos. Si la Lliga confió en la FAI y amaneció con un tiro en la nuca en la cuneta de la carretera de la Arrabassada, Convergència y Esquerra han confiado en la CUP y se han despertado de un portazo en la cárcel o con una orden de detención en Bruselas.
Pero seguramente el gran naufragio del «procés», lo que de un modo más determinante le ha condenado, ha sido la súbita inacción callejera, el modo en que los catalanes se han ido cansando de la agitación permanente o cómo, llegado el momento de pagar el precio real de aquello que reclamaban, han desistido por considerar que la factura era demasiado alta. El encarcelamiento de los Jordis dejó la Diagonal perdida de cera y hubo más heridos por los accidentes de moto que el resbaladizo asfalto causó que por las escaramuzas del primero de octubre, pero la afluencia de manifestantes, sensiblemente inferior a la de anteriores concentraciones, fue el primer síntoma de la desconexión de la calle.
Aunque en cualquier caso lo más decisivo fueron las escasas 8.000 personas -siendo muy generosos- que salieron a la calle el viernes en que se supone que la independencia fue proclamada. En los últimos 5 años ha habido muchas más personas reclamando la independencia que el pasado viernes celebrándola; y mucha más indignación por medidas o actuaciones del Gobierno de leve o moderada gravedad en comparación con la indiferencia -y yo diría que con el alivio- con que la aplicación del artículo 155 fue acogida.

Desencanto comprensible

Cuando ha llegado la hora de pagar el precio, los catalanes han repasado la factura y han hecho balance. Lo que fue la euforia de las alegres demostraciones callejeras llegó a su momento culminante el 1 de octubre, con la emoción añadida de que aquel día vino la Policía. Una épica como aquella no volverán a vivirla y en cambio hay que pagar la vida de cada día, de modo que un inevitable sentido práctico se ha impuesto y no ha funcionado la movilización permanente a la que Puigdemont y el Govern querían convocar a los catalanes, para que les hicieran en la calle el trabajo que ellos habían sido incapaces de hacer en los despachos, sin ninguna «estructura de Estado» creada.
Las masas tienen de excusa que se jugaron el tipo en el falso referendo del 1 de octubre y que luego el Govern no ha tenido ni la valentía ni la talla política de dar forma a lo que «heroicamente» hicieron. Es cierto. Y comprensible su desencanto. Pero también es verdad que ha pasado el tiempo, que han llegado las consecuencias, que se le han visto las costuras al muñeco, que el Estado ha comparecido con su maquinaria y ha ganado, y que la promesa de mundo mejor que pretendía encarnar el independentismo se ha demostrado ya no irrealizable sino simplemente fraudulenta.
Aunque de momento les cueste reconocerlo y mucho más decirlo, incluso los más alocados independentistas han acabado recordando lo bien que se vive y lo mucho que tienen que perder siendo ciudadanos de Barcelona, de Cataluña, de España y de Europa. Y las revoluciones se llevan a cabo cuando impera la tiranía y hay hambre y no surcando las aguas perfectamente libres de la bahía de la tranquilidad, saliendo de cenar de los grandes restaurantes.
FUE UN ÓRDAGO AL ESTADO Y A LA DEMOCRACIA POR INCONSCINTES, INCULTOS Y OSADOS IGNORANTES,  PENSANDO QUE LO LOGRARÍAN BAJO EL CHANTAJE.

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