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domingo, 26 de febrero de 2017

LOS PARTIDOS POPULISTAS DE DERECHA, NO SON FUERTES EN ESPAÑA

 Miembros España 2000 durante una manifestación en Valencia contra la inmigración

La débil identidad nacional frena los partidos populistas de derecha en España.


Un estudio del Instituto Elcano indica que el pasado autoritario y nacionalista actúa como una vacu.

España es diferente. Lo es todavía, 55 años después de que el entonces ministro de Turismo, Manuel Fraga, relanzara este eslogan frente al resto de Europa, que consideraba España un país descolgado de su ritmo y sus acontecimientos. También ahora constituye una excepción respecto al comportamiento político general, aunque hoy con un carácter más positivo.
El ascendente apoyo electoral que en Europa concitan los partidos populistas, antieuropeos, xenófobos y antiglobalización no germina al sur de los Pirineos, a pesar de concurrir los mismos ingredientes que en el resto de países: desigualdad, alta inmigración y descrédito de la clase política, según un estudio del Instituto Elcano. Es la principal conclusión de esta investigación enmarcada en el proyecto europeo que coordina el think tank británico Demos sobre los temores de la población y la extensión de los populismos en Europa.
El trabajo, The Spanish Exception: Unemployment, inequality, but no right-wing populist parties, realizado por la investigadora Carmen González-Enríquez, verifica que, a pesar de compartir las dificultades que en la mayor parte de los países de Europa alimentan estas opciones políticas, en España no arraigan partidos como el Front National francés.
España ha experimentado los tres casos particularmente asociados con el auge del populismo de derecha: corrupción política, crisis económica y preocupación por la inmigración. Entre 1996 y 2007, espoleada por la burbuja inmobiliaria, recibió un masivo flujo de inmigrantes que en 2012 alcanzó los 6,76 millones. Mientras que en 1998 apenas suponían el 3% de la población, en 2012 ya eran el 14%, una cifra que se mantuvo en los siguientes años.
La mayoría provenía de países más pobres y ocupó trabajos de baja cualificación. Entre 2000 y 2009 España recibió la mitad de todos los migrantes de la Unión Europea de los 15. Ningún otro país de la zona experimentó tan intenso y rápido proceso de inmigración en los tiempos actuales, según consigna el estudio.
El estallido de la burbuja inmobiliaria en 2007 precipitó la crisis financiera (antes que en el resto de Europa) y en los siguientes años se destruyeron más de tres millones de puestos de trabajo: la tasa de desempleo pasó del 8% al 26%. Los inmigrantes y los nativos con baja cualificación profesional fueron los más afectados. Los últimos datos fijan el desempleo de los nacidos en el extranjero en el 27% frente al 19% de los nativos. La crisis ha provocado un perceptible crecimiento de la pobreza y la desigualdad.

Más proeuropeos que la media


A diferencia de lo que está ocurriendo en otros países de la región, el estudio del Instituto Elcano revela que los españoles no culpan de estos males a la Unión Europea. Solo el 10 % de los españoles es partidario de abandonar la UE, frente al 22% de los franceses, el 16% de los alemanes o el 25% de los suecos.
Los Eurobarómetros manejados por la investigadora González-Enríquez muestran que los españoles se sienten más proeuropeos que la media, a pesar de que la crisis ha elevado el sentimiento contrario a la UE. Este europeísmo, “se presenta no solo como una identificación cultural con Europa sino también como simpatía por la UE como proyecto político".

Ese deterioro también ha tenido su reflejo en la política y, por extensión, en toda clase de instituciones públicas, nacionales, europeas o internacionales. Los efectos de la crisis, según el documento, han sido exacerbados por las prácticas corruptas de los principales partidos, PP, PSOE o Convergència Democràtica. En datos del Eurobarómetro de 2014, el 91% de los españoles no confiaba en los partidos (13 puntos más que la media europea) y el 69% no estaban satisfechos con el sistema democrático (21 puntos sobre la media europea).
Mientras Podemos, “todavía oscilando entre un perfil populista e izquierdista”, ha sido el principal beneficiario del malestar que eclosionó en el 15-M, nada similar ha ocurrido con los votantes de derecha que han sufrido el impacto de la crisis como los comerciantes y propietarios de pequeños negocios afectados por la pérdida de poder adquisitivo y la caída del consumo, en competición con grandes superficies y comercios abiertos por inmigrantes.
Apenas pequeñas respuestas como la aparición de alguna ONG como la llamada Hogar Social Ramiro de Ledesma, conectada a Falange Española e inspirada en el griego Amanecer Dorado, que proporciona comida, ropa y alojamiento solo a ciudadanos españoles.
Los altos niveles de inmigración, la crisis económica y la baja confianza política (con el debilitamiento del bipartidismo) constituyen la tormenta perfecta del populismo. Sin embargo, y a pesar de las horas bajas del PP (entre 2011 y 2015 perdió 3,8 millones de votos), en España ningún grupo ha absorbido electoralmente ese descontento.
González-Enríquez sitúa la explicación a la ausencia de un populismo de derecha como reacción a la crisis en “la particular relación de España con la identidad nacional”. Esa identidad es “relativamente débil”, según los sondeos del Eurobarómetro. El último dato citado en el estudio, de otoño de 2015, indica que España está 4 puntos por debajo de la media de la UE en sentimiento de apego a su país, mientras que la excede con 7 cuando se trata de afecto a la UE.

Abuso de los símbolos nacionales

Las causas, apunta el informe, pueden deberse a la herencia de la dictadura militar del general Franco, algo que han debatido de forma extensiva historiadores, sociólogos y expertos de la ciencia política. Durante ese período los españoles admiraron los logros de los países europeos, sus libertades políticas y conquistas materiales. Esa experiencia, apunta el estudio, acentuó el complejo de inferioridad de los españoles, ya deteriorado a partir del desastre del 98 con la pérdida de Cuba y Filipinas.
La autora del estudio considera que “un largo pasado autoritario y nacionalista actúa en el presente como una vacuna contra los partidos de extrema derecha”. González-Enríquez incluye en esta misma excepción a Portugal: “Ambos países han sido inmunes hasta ahora a esta oleada de partidos populistas de derecha, a pesar de la dura crisis económica y política que han sufrido”.
El régimen de Franco abusó de la retórica nacionalista y católica y de los símbolos nacionales. Presentó a España como una reserva espiritual de valores en un mar de corrupción de países materialistas y egoístas, acechada por una conspiración de judíos masones y comunistas. La investigación, basándose en trabajos de historiadores y sociólogos, apunta que ese uso abusivo de símbolos nacionales y de referencias a la identidad nacional causó “un contramovimiento que todavía persiste”.
“La oposición democrática al régimen rechazó la exhibición de símbolos nacionales, la bandera y el himno, y el nacionalismo español estuvo completamente ausente de sus discursos. En su lugar, miró hacia Europa”, señala la investigadora: “Democratización, modernización y europeización fueron vistas como tres partes de un mismo proceso”.
A ello, la autora añade la eclosión entre finales de los setenta y principios de los ochenta de los movimientos nacionalistas periféricos, “principalmente en Cataluña y el País Vasco, pero también en Galicia, Valencia, Canarias y Andalucía”. El apoyo “entusiasta” de la izquierda a estos movimientos durante la Transición y varias décadas después, presentándolos como “liberadores y fuerzas progresistas”, según González-Enríquez, “ha contribuido a llevar más lejos la debilidad de la identidad nacional española”.
Con todo, el estudio señala que el orgullo nacional español creció tras la entrada del país en la UE en 1986. Y a finales de los años noventa se fortaleció aún más con una década de sólido crecimiento económico. Pero declinó rápidamente a partir de 2007 con la crisis económica y los escándalos de corrupción de acuerdo con los datos que recoge el Eurobarómetro en 2002 (en pleno crecimiento económico) y en 2015.
El informe destaca la cultura de los españoles es “especialmente favorable a la Unión Europea, a la globalización y a la convivencia con individuos de otras culturas”. Pero pese a que los niveles de aceptación de los inmigrantes “aumentaron sustancialmente” desde 2002, no esconde la preocupación que despierta la inmigración en España. Un 74% considera que el número de inmigrantes es demasiado alto y un 41% no descarta la posibilidad de votar a un partido que defendiera posturas contrarias a la inmigración. El 77% también considera que los españoles deberían tener prioridad en el mercado laboral, aunque solo una minoría, el 3%, menciona la inmigración como uno de los problemas importantes del país.

Poco espacio más allá del PP

Carmen González-Enríquez coteja el escaso atractivo electoral que ha tenido la extrema derecha en España desde el principio de la democracia. Cita el trabajo de Xavier Casals Meseguer sobre la transformación de la ultraderecha española, que no se vio afectada por la ola de renovación ideológica que modificó la naturaleza de los partidos similares en otros países europeos en los años sesenta como consecuencia de la descolonización o de la revolución cultural de 1968.
En España el discurso de la extrema derecha, heredera de Falange Española, “quedó obsoleto” en 1977, “sin resonancia entre la población española, que la vio como una reliquia de la Guerra Civil”. Mientras tanto, Alianza Popular, “un partido de ley y orden” ideológicamente próximo al franquismo, aceptó al menos formalmente las reglas básicas de la democracia liberal, “dejando poco espacio para otros partidos de derecha”.
La extrema derecha se sintió desconcertada por la transición a la democracia y no pudo reaccionar, dividiéndose en varios grupos que se reclamaban los verdaderos herederos de Falange Española y perdiendo un posible liderazgo común. Sus votantes, gradualmente fueron huyendo hacia Alianza Popular (el predecesor del Partido Popular) o la abstención. En las últimas dos décadas apenas ha rozado el 0,5% en las elecciones.
ESO PARECE, PERO NO OBSTANTE APARECERÁN CON EL RADICALISMO DE CATALUÑA, HABERLOS HAY TODO ES QUE SE ORGANICEN EN UN SÓLO PARTIDO,ES CUESTIÓN DE TIEMPO.

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