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lunes, 22 de diciembre de 2014

EL LABORATORIO DEL INFIERNO

Una policía acude al programa de lectura para niños en Camden

El laboratorio del infierno

Camden, la ciudad más peligrosa de EE UU, logra reducir la violencia con una policía semiprivada e integrada en la comunidad.

“Cuenta algo bonito de Camden”, reza un enorme cartel elevado junto a un bloque de viviendas, cerca del río Delaware. Es una broma macabra. Camden, en Nueva Jersey, el municipio de más de 75.000 habitantes más violento y pobre de Estados Unidos, no tiene nada bonito que contar. Ni siquiera la sede de las sopas Campbell, cuya lata inmortalizó Andy Warhol como icono pop, puede suavizar una tasa de criminalidad comparable a la de Honduras, el país más peligroso del mundo, y un paisaje desolador sembrado de miles de casas abandonadas. Pero algo está cambiando.
En pleno debate sobre los usos policiales en todo el país, Camden está recogiendo los primeros resultados de un experimento único que mezcla lo público y lo privado: una nueva fuerza policial auxiliada por personal civil en labores de inteligencia, todo ello regado con el contacto directo con los vecinos.
“Lo más importante es hablar con los ciudadanos, ir puerta a puerta preguntándoles qué les preocupa. Se trata de ganarnos su confianza. La medida de nuestro éxito no son multas o detenidos, sino el número de niños que pueden volver a ir en bicicleta por la calle”, declara Scott Thomson, jefe local de policía.
Los resultados son esperanzadores. Con respecto a 2012, los asesinatos han caído un 50%; las violaciones, un 32%; los robos, un 30%, y los asaltos a la propiedad, otro 30%. En junio y julio pasados, la ciudad llegó a estar 40 días sin un solo homicidio, todo un récord.
“Camden era una tormenta perfecta de criminalidad y pobreza”, recuerda Thomson. En enero de 2011, la crisis se llevó por delante a la mitad de los 200 agentes. El absentismo se multiplicó hasta el 30%. Apenas 16 policías patrullaban las calles sin salir de sus vehículos. Los narcos se hicieron los dueños: 175 puestos de droga al aire libre tomaron las esquinas en la más absoluta impunidad.
Un año después, las cifras eran insoportables. En 2012, la ciudad sufrió 67 asesinatos. La tasa de homicidios de EE UU es de 4,8 por cada 100.000 habitantes. En Honduras, el país más violento del mundo, es de 82. En Camden era de 86. El infierno.
En junio y julio pasados, la ciudad llegó a estar 40 días sin un solo homicidio, todo un récord
Camden sigue siendo un lugar terrible, en el que los periodistas se desplazan protegidos por hasta 10 coches patrulla. Con una población mayoritariamente hispana y negra (90%), el 40% está por debajo del nivel de la pobreza y el fracaso escolar ronda el 70%. El paro dobla la media del país y más de 3.000 casas bajas abandonadas en los 23 kilómetros cuadrados de la ciudad dan el contrapunto a las lujosas torres de Filadelfia al otro lado del río que separa Nueva Jersey de Pensilvania.
Todo cambió en la primavera de 2013. Se tocó fondo y el condado se hizo cargo de la policía. Se reclutaron 400 agentes para patrullar a pie las calles. Se contrató personal civil para labores de inteligencia. Los 40 empleados de al compañía CRA controlan las 120 cámaras de vigilancia y los micrófonos para captar tiroteos repartidos por la ciudad. Su objetivo es adelantarse a la comisión del delito. Es lo que denominan patrullas virtuales. Si ven algo sospechoso, los agentes acuden en apenas 4 minutos (la media de EE UU está en 11).
Los 120 “embajadores” de la compañía Allied Burton recorren a diario la ciudad. No son agentes de la autoridad. Recogen información y la transmiten. Se les reconoce por su uniforme de tonos amarillos. A esta labor contra el crimen se superpone la integración de los policías en la vida comunal, organizando encuentros con los vecinos en parques e iglesias, acudiendo a los partidos de béisbol o dialogando con ellos en los escasos comercios. La teoría del jefe Thomson es que entre los 77.000 habitantes hay más personas buenas que malas, y que es necesario contar con ellas para arrebatar las ciudad a los delincuentes.
La ciudad de Camden era la más peligrosa de Estados Unidos en 2012.
“Yo crecí aquí. La tensión en al calle se ha rebajado mucho”, afirma Latané Bradley, directora del Henry L. Bonsal Family School. El centro acoge un programa de lectura para niños, el Book Mate (compañero de libro), al que se ha incorporado la policía desde hace un mes. Quince agentes voluntarios acuden una hora dos días a la semana para leer con los chavales. “Se trata de que el niño conciba y vea a la policía como un miembro positivo de la comunidad, no como un enemigo”, explica Bradley. El sargento afroamericano Rogers corrobora el éxito del experimento: “Los niños antes sólo nos veían en las peores circunstancias”. Rhonda Shevrin, coordinadora del programa, recuerda que la experiencia tiene sentido por el lugar en el que se realiza. “Algunos niños dicen: ‘A mi mamá no le gustan los policías’. El agente tiene así la oportunidad de demostrar que es una buena persona”, explica.
Tras la visita al colegio, el grupo de periodistas recorre alguna de las peores calles del norte de Camden. Siempre acompañados por la policía. “El cambio es increíble. Ha cesado la venta de droga. Los niños pueden ir por la calle. Llevamos dos años sin incidentes en esta esquina. La clave ha sido poner a los policías a caminar por la calle”, explica Edgardo García, pastor pentecostal de la Iglesia del Buen Samaritano, en la puerta de su centro en Elm Street.
A escasos metros, en Los Compadres Grocery Store, el dominicano José Valdés atiende la pequeña cola que se ha formado frente a la su mostrador. “Como dicen en mi tierra, esto va cogiéndolo a diez. La relación con la policía ha mejorado mucho”. Su vecino Beyond Self aporta un matiz distinto: “Es cierto que la policía está haciendo un buen trabajo, pero lo que Camden necesita es más puestos de trabajo, no más policías”. Máximo Núñez, puertorriqueño llegado a la ciudad hace 39 años, cree que cada vecino tiene su propia responsabilidad: “Crié a cuatro hijos y ninguno me salió delincuente”.
Queda poco para que anochezca y una pertinaz lluvia recibe a los reporteros en el campo de béisbol de la Little League de Camden. “En 2011, este parque era un lugar de prostitución, drogas y violencia. Ahora acoge a 500 niños”, explica con indisimulado orgullo Brian Morton, su responsable. “Estuvimos en quiebra, hubo que despedir policías. Hemos contratado civiles para que los agentes puedan estar en la calle. Todo se ha hecho de acuerdo con los sindicatos. Creo que nuestra experiencia es aplicable a otras ciudades del país”, afirma Louis Capelli, jefe del Gobierno del condado, el único hombre con traje y corbata en la zona. A su espalda, lejos, los rascacielos de Filadelfia parpadean como una promesa lejos de la miseria.
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