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sábado, 26 de abril de 2014

LOS MUROS DE LA VERGÜENZA

Surgen muros y barreras

La otra cara de la globalización.

Vivimos en un mundo de fronteras cada vez más porosas y muchas veces virtuales, un mundo abierto a la circulación de mercancías y capitales. Y, sin embargo, surgen por todas partes muros y barreras.
Los levantan los israelíes para protegerse de los palestinos, cuyas tierras ilegalmente ocupan. Los construyen también los estadounidenses frente a la inmigración clandestina procedente de un patio trasero que ellos mismos inundan, sin embargo, con sus productos.
Rodean los dos enclaves españoles en Marruecos en un intento tantas veces infructuoso de impedir que pisen suelo de la UE miles de africanos desesperados que huyen de la pobreza o de las guerras y sueñan con un futuro algo menos miserable en otro continente.
Hay también otros menos conocidos: entre Arabia Saudí e Irak, en la frontera de ese primer país con el Yemen, entre la India y Bangladesh o la India y Pakistán.
Los hay fijos, pero también otros que se van desplazando según las amenazas o peligros de todo tipo a los que tratan de hacer frente.
Y están también las barreras privadas, guardadas día y noche por agentes de seguridad bien equipados, que protegen los barrios y urbanizaciones de lujo de las masas pauperizadas.
En Estados Unidos grupos de ciudadanos han decidido tomar la seguridad en sus propias manos -son los llamados en inglés con vocablo tomado de nuestra lengua "vigilantes"- y han construido sus propias barreras frente a la inmigración de "latinos" o "hispanos", como si quisieran denunciar así la impotencia o ineficacia de las autoridades a la hora de atajar el problema.
Es como si conforme avanza la globalización y las soberanías nacionales pierden cada vez más sentido ante el avance imparable del capital y el dominio absoluto de la economía, los países tuviesen que teatralizar de ese modo la defensa de su territorio.
Esas barreras son una respuesta a flujos migratorios que no tienen tras de sí la fuerza de ningún poder soberano y tratan de mitigar las presiones excesivas de esos flujos sobre economías cada vez más vulnerables.
En muchos casos las vallas funcionan sólo a medias, pero cumplen su cometido porque se busca con ellas sobre todo transmitir una sensación de seguridad a los que están dentro y enviar el mensaje de una soberanía que en realidad no existe.
Y si obstaculizan la entrada de inmigrantes, no logran evitarla, sino que propician la actuación de bandas sin escrúpulos dedicadas al tráfico de personas y fomentan de paso la corrupción a ambos lados de esas vallas.
Y es que además -no nos engañemos- muchos empresarios también sin escrúpulos necesitan esa fuerza de trabajo ilegal y por ende carente de derechos, a la que mejor explotar.
TODO ES MENTIRA,LOS POLÍTICOS VIVEN INSTALADOS EN LA MENTIRA SOCIAL

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