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sábado, 19 de abril de 2014

EL REPARTO DE UCRANIA

SOMOS JUGUETES EN MANOS DEL CAPITALISMO
Desde la autoliquidación de la Unión Soviética, la expansión de la OTAN y de la Unión Europea hacia el Este ha sido constante. Sin contar a la antigua RDA, fagocitada por Alemania Occidental, la mayoría de los países que formaron parte del extinto Pacto de Varsovia (Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria y Albania) entraron a formar parte de la alianza militar y del consorcio económico subordinado a ella, o están en trance de hacerlo. A estos, hay que sumar los países de la antigua Yugoslavia (Croacia, Eslovenia, Bosnia, Serbia, Montenegro y Macedonia) que ya lo han hecho o negocian para conseguirlo. Y no contamos en esa relación a Kosovo porque ese es un estado formado artificialmente para justificar la existencia en su territorio de una gigantesca base militar norteamericana.
Desde el punto de vista de los intereses estratégicos de esas dos poderosas organizaciones, la operación ha sido un éxito y salvo en Yugoslavia, donde se propició un criminal enfrentamiento entre etnias (Yugoslavia, aunque era una federación de repúblicas socialistas, no formaba parte del Pacto de Varsovia), el cambio se produjo pacíficamente mediante movilizaciones ciudadanas que se dieron en llamar "revoluciones naranja". Durante ese proceso, los miembros más avispados de las élites comunistas se transformaron rápidamente en oligarcas, apropiándose de los principales recursos de cada país, y se constituyeron regímenes parlamentarios al modo occidental aunque la actividad económica se regía en muchos casos por prácticas mafiosas.
Algunas almas cándidas creyeron que, una vez disuelto el Pacto de Varsovia y convertida Rusia en una potencia capitalista, la OTAN debería disolverse también y con ella el esquema de "guerra fría" que había imperado en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial. ¡Qué equivocadas estaban! La OTAN se amplió espectacularmente, desbordó su área de actuación fundacional (Atlántico Norte) y se convirtió en una especie de gendarme universal con capacidad para intervenir donde le viniera en gana. En unos casos, promoviendo revueltas sociales, y en otros, bombardeando directamente a quienes no aceptaban sus buenos consejos. Y todo ello, en nombre de la democracia liberal y de los derechos humanos. Últimamente, hemos visto episodios de esa línea de actuación en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Georgia y ahora en Ucrania, país especialmente atractivo por su potencial agrícola, sus fábricas de componentes para misiles y, por si faltara algo, ribereño con el Mar Negro, la estratégica salida al Mediterráneo de la flota rusa.
En Ucrania hemos asistido a una segunda edición de la "revolución naranja", con una revuelta ciudadana apoyada por grupos armados y una toma de poder por los sublevados que fue apoyada tanto por la UE como por la OTAN. La respuesta de Moscú, ante ese golpe de mano que afectaba a la ciudadanía de origen ruso y a su seguridad nacional, se veía venir. El primer capítulo fue la secesión de Crimea y su incorporación a la Federación Rusa y queda pendiente el destino de las regiones mayoritariamente prorrusas desde los tiempos de los zares. Hay peligro de guerra civil aunque Javier Solana sostiene que los potenciales adversarios se limitaran a enseñarse los dientes.

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