Entradas populares

domingo, 16 de febrero de 2014

LADRONES DE GUANTE BLANCO

El Estado y otros ladrones

San Agustín fue pionero en denunciar que sin justicia la política se convierte en corrupción.

¿Qué es el Estado? Para explicarlo basta retirarle sucesivamente notas y características hasta llegar al último núcleo desnudo. Y entonces observar el resultado. De ahí la sentencia de San Agustín: todo queda reducido a "una banda de ladrones si de los gobiernos quitamos la justicia". A la vista están los ejemplos.
Por eso se habla siempre de Estado de derecho aunque, bien mirado, todo Estado es de derecho pero ¿de qué tipo? Si se pone entre paréntesis su acepción de recto sentido de las cosas, aparecen Alí Babá y sus eternos ladrones como trasuntos de Hegel.
Pero no es todo tan sencillo. Realmente, San Agustín considera que la sociedad correspondiente a la Ciudad de Dios -su gran formulación- es la única donde se practica la justicia frente al conjunto de sociedades políticas reales. Critica a Babilonia, como forma indirecta de fustigar a la Roma imperial -ya que no aspiraba al inmediato martirio- y ahí es cuando afirma que se trata de una banda de ladrones y no de una sociedad política. Y es que San Agustín considera que la única sociedad perfecta es la Iglesia. Más aun, la sociedad política sólo funciona cuando está sometida a la Iglesia. Vamos, que la denuncia del obispo de Hipona contiene elementos envenenados ya que considera a los humanos imposibles de redención por sí mismos y sólo ve salida en las teocracias que a día de hoy nadie considera razonables. Quizá mejor un bandido que un ayatolá.
Ítem más. El papa Gelasio I, allá por los últimos años del siglo V, excomulgó a Acacio, patriarca de Constantinopla, por hereje monofisita puesto que sostenía que en Jesucristo sólo hay una naturaleza divina. El emperador bizantino apoyó, claro, a Acacio. Detrás de la fe estaba la política.
Gelasio, que acabó en los altares, se sirvió de San Agustín para proponer en el año 494, siguiendo las leyes romanas, la separación de poderes entre la esfera temporal y la espiritual. Como algunos autores posteriores han dicho de forma castiza: de tejas para arriba, de tejas para abajo.
Fue la primera formulación de uno de los ejes capitales de la civilización occidental. Distinguió entre el poder de la Iglesia, la auctoritas, y el poder del emperador, la potestas. Como en el Derecho romano primaba la auctoritas, no era inocente su apuesta. Arremetía contra el llamado cesaropapismo -unión del emperador y del vicario de Cristo- para así limitar el poder bizantino.
Siglos después el debate reapareció con Hildebrando -el papa Gregorio VII, uno de los gigantes de la Iglesia-, que abogó por la sumisión del poder de los reyes a la autoridad del sumo pontífice. En el sínodo de 1075 -por cierto, ese año, Alfonso VI y el Cid abrieron el Arca Santa de la Catedral de Oviedo- planteó la disputa de las investiduras para limitar el poder del brazo secular y, más allá, someterlo.
Otra vuelta de tuerca, en sentido contrario, la constituyó la cuestión del regalismo. En España, desde 1768, el Gobierno pasó a controlar los seminarios; las universidades, eclesiásticas, fueron empujadas a la secularización, se suprimió el tomismo y el agustinismo -los ladrones de siempre con otras presas- y se impuso una censura extrema.
La separación del poderes, a un lado el Papa, al otro el emperador -y lo mismo entre el obispo y el rey, o entre el alcalde y el párroco- es quizá la gran clave de las libertades. No existen las emergencias. No surgieron por la emancipación de la Humanidad o siquiera de una sociedad determinada, sino porque los dos grandes poderes se contrarrestaron y, así, fieles y súbditos se pudieron convertir en ciudadanos.
De la moderna separación de poderes, atribuida confusamente a Montesquieu, se pasó a la negación del Estado de derecho -del Estado liberal de derecho- que propusieron los marxistas; o del Estado, sin más, según deseo anarquista. La propiedad es el robo. El Estado, la formidable herramienta de un gigantesco atraco. En tal supuesto, es falso que cuando desaparece la justicia, el Estado y su Gobierno se convierten en una banda de ladrones por mucho que digan San Agustín y sucesivos epígonos. Es al revés: el Estado y sus oscuros servidores son auténticos salteadores.
Y qué decir del rabiosamente contemporáneo Estado del bienestar. Para sostenerlo todo lo que gana cada cual desde el mes de enero al mes de junio acaba en sus arcas. De ahí que muchos piensen que el Estado, precisamente con su justicia, es el gran ladrón. La gran ramera, dicho en términos del Apocalipsis.
Pero, ay, sin Estado y su justicia volveríamos a la selva y sus leyes.

No hay comentarios: