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domingo, 17 de febrero de 2013

AHORA LA GUERRA DE DIVISAS. VOLVAMOS AL TRUEQUE QUE ES LO MÁS SEGURO.

A pesar de evitar el enfrentamiento en lo comercial, este otro, de características similares, está empezando a ser una amenaza para la estabilidad económica mundial.


Desde que hace ya un lustro comenzara la crisis que aún no nos ha abandonado, una de las grandes preocupaciones en materia de política económica ha sido evitar la caída en tentaciones proteccionistas. Y hay buenas razones para ello. Sobre todo la experiencia de la Gran Depresión, en la década de 1930, cuando distintos países trataron de atajar el aumento del desempleo y la caída del PIB con medidas orientadas a entorpecer las importaciones y favorecer las exportaciones. El resultado es bien conocido: estas medidas sólo consiguieron exacerbar el desorden social y económico reinante, pues provocaron que el resto de países se sumara a una guerra comercial muy dañina para todas las partes implicadas. Tanto que incluso se la considera como una de las causas de la II Guerra Mundial.

De aquel episodio se extrajo la valiosa conclusión de que la mejor vía para la paz era la creación de un marco propicio para una prosperidad compartida y basada en intercambios mutuamente beneficiosos. Una lección que, según parece, todos aprendieron y que organismos como la OMC o el FMI han insistido en recordar. Así, a diferencia de lo ocurrido hace 80 años, hoy no se han registrado aumentos en las tarifas arancelarias ni se han erigido grandes barreras comerciales distintas de los aranceles.

Ahora bien, a pesar de haberse evitado el enfrentamiento en materia comercial, otro de características similares está convirtiéndose en una amenaza para la estabilidad económica mundial. Se trata de la denominada guerra de divisas, consistente en la búsqueda de ventajas competitivas mediante la depreciación de la moneda propia. La lógica subyacente es sencilla. Un país se beneficia de la pérdida de valor de su divisa porque con ello automáticamente se abaratan sus productos con respecto a los extranjeros, aumentando así las exportaciones (y reduciendo las importaciones). El problema radica en que, como sucede con las medidas proteccionistas, ésta es una forma de enriquecerse empobreciendo al vecino; es un juego de suma cero donde las ganancias de unos son necesariamente pérdidas para otros, por lo que cabe esperar reacciones y represalias. En otras palabras, por ser el tipo de cambio un precio relativo, al debilitar una moneda, otra u otras divisas se deben apreciar; por definición resulta imposible debilitar todas las monedas frente a las demás.

Origen de la guerra de divisas
Hay que señalar que el origen de esta guerra de divisas probablemente no está en una clara voluntad inicial de depreciaciones competitivas, sino que asistimos a las consecuencias de otras políticas y fenómenos. Por ejemplo, las políticas monetarias expansivas implementadas en muchos países para hacer frente a la recesión tienden a provocar depreciaciones de sus divisas porque aumentan la cantidad disponible de éstas. O tomemos el caso de Suiza y sus intentos de depreciar el franco suizo. Intentos que pretenden contrarrestar las excesivas apreciaciones registradas cuando los inversores, ahora tan sensibles al riesgo, demandan esta moneda en grandes cantidades por considerarla un activo en el que refugiarse de la tormenta financiera.

Sea cual fuere su origen, el potencial destructivo de una guerra de divisas es muy elevado, por lo que deben ponerse todos los medios posibles para atajar esta perversa dinámica antes de que quede fuera de control. Se precisa de mayor cooperación y coordinación internacional, algo difícil de lograr cuando las dificultades domésticas apremian a los gobiernos a priorizar objetivos particulares en detrimento de metas comunes. Pero es mucho lo que hay en juego. Como la historia de la Gran Depresión demostró, las políticas de empobrecimiento del vecino conducen inexorablemente a la lógica del ojo por ojo, diente por diente. Y de ahí todos salimos perdedores.

JOSÉ LUIS ÁLVAREZ ARCE,Director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UNIVERSIDAD DE NAVARRA.



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