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jueves, 19 de abril de 2012

ANÁLISIS DEL DISCURSO DEL REY

Costa de Lanzarote.España(foto J.A.Miyares)

TODO BIEN MEDITADO
"Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir". Podría ser la disculpa de un niño a su madre. O de un hermano a otro. O de un abuelo a su nieto. Estas tres frases han salido hoy del ámbito de lo familiar -pedir perdón, reconocer el error y hacer propósito de enmienda- para ser pronunciadas por un rey.
No sobra ni falta nada. Quien haya elegido estas palabras (que no tiene por qué ser obligatoriamente el rey) lo ha hecho a conciencia. No ha sido espontáneo, están medidas al milímetro. Lo que dice, y cómo lo dice. Una gestión de crisis que, aunque muy muy tarde, es de sobresaliente.

Primero: el escenario. Interior del hospital. Pasillo aséptico. Y en vez de la marabunta de periodistas y cámaras que llevan desde el sábado montando guardias interminables, sólo un periodista y un cámara: un equipo de Televisión Española (más un fotógrafo), que luego ha cedido las imágenes gratuítamente al resto de medios. Espacio controlado, pues, sin nada que pudiera enturbiar el mensaje. De hecho, después, el coche real (aunque con los cristales medio bajados y el saludo de rigor) no ha parado ante las decenas de informadores que le esperaban las puertas del centro médico.

Segundo: la aparición. Llega el rey (así, en minúsculas, desde el último cambio normativo de la RAE), con muletas pero andando con soltura. Soy capaz de valerme por mí mismo, parece decir, ya estoy bien. Puedo ponerme al frente del país. Don Juan Carlos lleva, además, una llamativa corbata roja, con chaqueta oscura y pantalones claros, que le da un aire algo juvenil y fresco.

Tercero: la pregunta. El Rey se para en el punto acordado, frente al equipo de Televisión Española. Y el periodista lanza la pregunta. ¿Está pactada?, ¿o no?. No lo sabemos. Pero es significativo que, sabiendo que sólo tenía una oportunidad, el periodista no vaya directamente al grano ("majestad ¿qué opina de las críticas de estos días.... ?"), sino que utilice una fórmula de cortesía ("¿Cómo se encuentra?") en la que dependes únicamente de lo que te quiera contestar la otra parte, y que se usa como introducción amable y educada cuando sabes que vas a poder preguntar más cosas.

Cuarto: el discurso. Primero, y es de manual, se da las gracias. "Agradezco al equipo médico y a la clínica cómo me han tratado". Después, el deber. El monarca tarda apenas cinco segundos (es su segundo mensaje) en hablar de su deber como rey "Estoy deseando retomar mis obligaciones", como diciendo: ahí voy a estar, al pie del cañón, trabajando para todos los españoles; es mi trabajo y es lo que voy a hacer. Estas dos primeras partes del mini-discurso las pronuncia de manera más aséptica. Pero ahora viene lo mejor.

Su tercer mensaje es el más importante, el que abre todos los informativos, el que pasará a la historia. Tras su "...deseando retomar mis obligaciones", don Juan Carlos hace una pausa, mira hacia el suelo como cogiendo fuerzas, levanta la vista y la fija en un punto (hasta ese momento sus ojos habían ido vagando de un lado a otro) para lanzar el mensaje de contrición "Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir".

No sabemos hacia dónde miraba, ni a quién se imaginaba que se lo estaba diciendo, pero esas tres frases, tan ensayadas, tan preparadas, tan medidas (esas frases de un niño pillado en falta), las dice el monarca con tanta convicción, con tanta pena, con esa carita de señor de 74 años triste y agotado, que han conseguido lo que se quería: que una parte importante de los españoles empatice con el rey, que incluso llegue a sentir cierta lástima ("pobrecito, si es que está mayor, míralo"), y le perdone o rebaje en muchos grados su nivel de indignación, que estos días ha alcanzado cotas nunca vistas.

No sabemos tampoco lo que le habrá costado a don Juan Carlos pronunciar esas palabras, pero tras diez días horribles (como si el guión de lo ocurrido lo hubiera escrito el mejor de los escritores de culebrones) esta tarde el rey ha conseguido dar la vuelta a la tortilla. Y es de lo que se trataba, ¿no?