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jueves, 15 de diciembre de 2011

EL PUEBLO PIDE Y PEDIRÁ GESTOS DE AUSTERIDAD A LA CASTA POLÍTICA



Cincuenta años y unos meses después de que John Fitzgerald Kennedy, en el discurso de juramento como 35.º presidente de los Estados Unidos, dijese: «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país», la celebérrima sentencia al fin ha llegado a oídos de los políticos europeos, dejándolos pasmados. Anda, o sea, que el contrato social tenía también «esa» cláusula. Parecía que a los conspicuos gobernantes de por aquí nunca les iba a llegar el turno de practicar la magia blanca y la virtud, exhibiendo estatura de estadistas, pero la crisis económica que ha arramblado con todo y se ha llevado por delante la soberanía de las naciones, el porvenir jubiloso de los jubilados futuros, la riqueza individual y colectiva y el Estado del bienestar ha lacerado muy en serio la reputación de los moradores profesionales de las instituciones que pagamos a escote, colocándoles en la picota. El desprestigiado gremio político se va a tener que espabilar, entendiendo dicho verbo en su acepción número 2, «avivar y ejercitar el entendimiento y el ingenio», y no su preferida hasta el momento, la número 7, «escabullirse y marcharse» (y no con las manos vacías, precisamente). Asistimos a la refundación de la eurozona y, de paso, a la reinvención de sus mandatarios, si se dejan. El proceso de moralización de la vida pública pasa por una nueva raza de líderes.
Italia no empieza mal, precisamente. Hace unos días, el primer ministro digitado para sacar al país del abismo donde se halla dio cuenta de un plan de ajustes como no se recuerda otro para batallar contra el déficit y la parálisis productiva. Mario Monti expuso cómo se ahorrarán 30.000 millones de euros de dinero público, empezando por él mismo, y anunció que renuncia a cobrar sus sueldos de cabeza del Ejecutivo y responsable de Economía, y que se queda con la nómina de senador. Con cierto sentido del humor, señaló que dichos salarios irán a parar como beneficencia a uno de los entes con necesidades más perentorias: el Tesoro italiano. Pensar que hace un par de meses se sentaba en su silla Silvio Berlusconi, con su chabacana forma de confundir el Estado y sus negocios, con su agenda repartida entre el Gobierno, sus discos de canción ligera y sus francachelas acompañado de menores de edad en locales de la Camorra da ganas de llorar. Lágrimas auténticas, pero no de alegría, derramó la ministra de Trabajo de Monti, Elsa Fornero, al describir los «sacrificios» que deberá afrontar la población para sufragar las facturas de la tómbola montada por el infausto Cavaliere. Otra novedad: si importa más la contribución que la retribución, también se prefiere empatía a simpatía.
Me pregunto si Dolores de Cospedal renunciará a alguna de las suculentas pagas públicas que recibe tras el duro plan de ajuste que ha preparado para funcionarios y ciudadanos de Castilla-La Mancha, o sumará, además, la de ministra; no sé si todas esas figuras pretéritas que arrastran los partidos españoles en cargos insustanciales llegarán a desaparecer, o si los ilustres jubilados de la política también tienen miedo. Cuando los veo de palique en el cóctel de la Constitución, inaugurando exposiciones de sus propios retratos, me da que no han entendido bien de qué va todo esto. Va de sacrificios y de llantos, y de patadas en el culo al que no lo ve venir. Va de lo que vas a hacer por tu país cuando tu país ya no da más de sí.








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